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jueves, 30 de junio de 2016

El evento





Os cuento brevemente:

El viernes de la semana pasada, día de mi santo, estaba desayunando en uno de mis cafés favoritos en Toluca y con la mejor compañía. Salí a responder una llamada, de repente una mancha oscura invadió mi visión y sentí que me desvanecía. Desperté al otro lado de la acera, en el suelo, con gente a mi alrededor haciéndome muchas preguntas. Acabé con las rodillas molidas, cuatro puntadas en el labio y golpes en la cara.

Los testigos dicen que atravesé la calle con el semáforo en verde, pero esa ya no era yo; yo no haría eso. También dicen que convulsioné.

Luego de varias tomografías desde todas las perspectivas posibles, se ha concluido que no tengo nada mortal o incapacitante. Queda por descartar o confirmar epilepsia, pero el neurólogo dice que una epilepsia "ya es lo de menos".

El asunto se quedará como un gran misterio sin resolver si la epilepsia no se confirma. Y para confirmarse no basta con que el estudio dé positivo, sino que "el evento" (término más o menos técnico con que, quienes saben, designan a lo que sea que me pasó; a mí me suena como a la epojé de Husserl o la nada en Sartre) tendría que repetirse. Me fastidian los misterios sin resolver; pero me encantaría que nunca más se repitiera.

Estoy bien. Pasado mañana será mi cumpleaños. Llevo siete días sin café... Me acababa de tomar la última taza de café justo antes del "evento" y la vomité enseguida. Mi buena fortuna me abruma y me esfuerzo por no sufrir a causa de las muchas pequeñas cosas que hacen la vida.

Intento consolarme: no bebo café, pero leo libros; no bebo café, pero escucho música; no bebo café, pero tengo amigos; no bebo café, pero estoy viva. No me está resultando sencillo. Con todo, mi hipocondría (que no era poca) se ha acentuado.

He sentido terror ante lo discapacitante que esto pudiera llegar a ser. Ya pasó lo peor. Aprecio mucho el modo en que fui auxiliada. Todos fueron extremadamente diligentes y me he sentido muy amada estos días.

Uno de los médicos que me revisó, comentó que todos tenemos derecho a convulsionar una vez en la vida sin ton ni son. ¿No es lindo? Concede a cualquier cerebro el derecho de desconectarse un momento. Pero es que yo por eso estudio Literatura... ¿Por qué mi cerebro no se conforma?

Si todo va bien, me esperan seis semanas de encierro. Mi cara está estrenando piel y me han advertido que si la expongo al sol, cuando menos, se manchará, pero se puede hasta quemar. Además me recomiendan no ir sola a ningún lado, así que prefiero quedarme donde estoy y me hago la ilusión de que seis semanas bien dispuestas pueden ser muy productivas.

Después del café, lo que más echo en falta es ir por ahí con mi cámara desenfundada. Es verano en mi hemisferio. Carpe diem quam minimum credula postero ¡y nunca mejor dicho!

miércoles, 25 de mayo de 2016

Otra entrada


Es tanto lo que debería estudiar que prefiero abstenerme y escribir esto que no vale nada. Extraño a Pintito.

Ayer uno de mis profesores me escribió para informarme sobre las fechas importantes de final del juego. Además me preguntó por qué ya no he podido ir a su clase. Emprendí mi Historia calamitatum de las últimas tres semanas y en el séptimo párrafo me asaltó una duda: "¿y si no le interesa y su pregunta es mera cortesía?" Volví a leer para tantear la intención de la pregunta. Encontré la perífrasis y me pareció muy linda: "¿por qué ya no has podido asistir al curso?" Como si él entendiera que mi ausentismo no es caprichoso, que hay algo que de veras me imposibilita. No se puede ser más gentil. Para corresponder, borré todo lo que había escrito, puse en un solo párrafo todos mis padecimientos de los últimos días y le agradecí sus atenciones.

Hoy me sentí capaz de caminar y fui a la biblioteca de mi pueblo. Ahí expliqué que no iba a devolver nada. Desde febrero no he devuelto cuatro libros; pero todo el mundo (mi pequeño mundo en esa biblioteca) entiende que los devolveré cuando lo considere prudente. Dije que acudía solamente para reportarme. En realidad fui a buscar una primera edición de El libro vacío para revisar el Prólogo donde, cuentan, Octavio Paz saca lo peor de sí mismo (que ya es mucho decir). No encontré lo que buscaba, pero sí muchas otras cosas que quiero leer en mis próximas vacaciones.

Luego visité al oftalmólogo. Si quiero leer próximamente, debo estar muy bien armada. Me felicitó: mi graduación no ha cambiado desde diciembre de 2011. Celebró tanto mi "agudeza visual" que me contagió su entusiasmo. De regreso a casa, venía pensando que debe de tratarse de una compensación de la naturaleza: a falta de agudeza de ingenio, agudeza visual.

Más tarde he visto que Google México celebra con un doodle, ciertamente coqueto, el 91° aniversario del natalicio de Rosario Castellanos y no me explico el porqué. Quiero decir, ella es maravillosa, pero el noventa y uno no es un número a destacar. Esto me ha hecho recordar que mi amado Mauricio me regaló el primer tomo de las Obras Completas de Castellanos en mi cumpleaños veinticinco. Ese libro (pasta dura, 983 páginas) me acompañó a Buenos Aires en julio de 2012. "¡Pasaron veinticinco años, Esposito!"

El dúo Castellanos-Torri me fue asignado en mi examen final de Literatura mexicana del s. XX. No me va a alcanzar la vida para resarcir el daño. Apenas puedo creer cuánta barbaridad escribí en ese examen. Pero hoy yo también quiero celebrar a Rosario y lo haré liberando una carta. Pero eso requiere otra entrada.

lunes, 20 de febrero de 2012

El silencio y esta bitácora


[De fondo: Hacia lo salvaje (Delux Edition) de Amaral. No, no detesto la música pop, ni la cultura pop, por la razón sencilla de que no detesto la música, y tampoco la cultura. Aclarado este punto, a por ello.]

Por temporadas escribo más de lo que hablo, acaso porque me gusta más escribir, no estoy segura. Hablar es algo que atesoro; escribir, no tanto.

Volví a las sesiones de violín. Y un día que volvía  a la casa de mis padres encontré a una joven que es de mi familia y también es mi vecina. Teníamos que caminar juntas un tramo más o menos largo hasta llegar a nuestros respectivos destinos y como vi que traía instrumental médico instalado en su cuello le pregunté qué le había pasado. Respondió que días antes había tenido un accidente de tránsito. Lo lamenté. Seguimos caminando y de pronto ya no había tema de conversación. Se me ocurrió que podía romper el silencio con observaciones sobre los cambios en el paisaje geográfico de nuestro pueblo, o el clima... pero la idea mía de que sería absurdo, que no valía la pena hablar por hablar, fue más fuerte. Y no hablé más. Hasta que nos despedimos en la entrada de su casa abrí mi boca para desearle que estuviera bien y se recuperara pronto. Creo que puede haber silencios incómodos, pero para mí no hay nada más cómodo que el silencio cuando creo que no tengo nada relevante para decir... el silencio y esta bitácora.

martes, 7 de febrero de 2012

Siempre mienten


"No mires a los ojos de la gente; me da miedo, siempre mienten". Escucho esa canción en la versión de Marlango. Me encanta.

Estoy en San Pedro, en mi casa, mi habitación, mis libros y me siento a gusto. Entré aquí y comencé a maquinar la remodelación. Disfruto mi habitación, pero no puedo soportarla del mismo modo más de medio año. Estoy pensando en un cambio de color para el techo, cortinas largas, una alfombra primaveral y nueva ubicación para la cama.

Extravié mi atril. Creo que lo dejé en el asiento del autobús que me llevó de Puebla a la Ciudad de México. No me gustan las consecuencias de mi falta de atención. Me pongo triste. No por lo que pierdo, que nunca ha sido gran cosa, sino por no tener suficiente capacidad de concentración, por descubrir lo descuidada y torpe que soy.

Ayer tuve la felicidad de volver a ver a un compañero y amigo de antaño, un niño de sonrisa encantadora e inquietudes existenciales.

Creo que escribo esta entrada ocultando algo, ocultando lo importante. Tengo miedo...

viernes, 27 de enero de 2012

Tener que entender

Hace unos días mi padre y yo hablábamos de mi sobrinita hermosa, de que un día llegó una notificación del colegio, mi niña no había querido hacer nada en la jornada escolar y, de hecho, no hizo nada. Le dije a mi papá que a mí se me había ocurrido sugerirle a mi sobrinita que cuando amaneciera sin ganas de hacer sus labores escolares, simplemente se abstuviera de asistir a la escuela; pero no lo hice porque se lo puede tomar muy en serio (y acabará pareciéndose a mí). Lo dicho entre paréntesis no se lo dije a mi papá, pero estoy segura de que lo adivinó porque me miró con ternura y sonrió mucho.

Cuando la sonrisa se le pasó, mi papá me dijo en tono muy serio: "la maestra tiene que entender que no siempre va a querer hacer lo que se le pide". Mi indignación fue mucha. ¡La maestra no tiene que entender nada! Está claro que no siempre va a querer hacer lo que se le pide, a todos nos pasa. Es mi sobris la que tiene que entender que tiene que hacer lo que se le pide, aunque no quiera, es más: sobre todo si no quiere. ¡Que para eso es la escuela! Para violentar y disciplinar. ¿Que "la maestra tiene que entender"? ¡Y lo dice un hombre que dedicó 30 años de su vida a dar clases! Toda mi indignación me la guardé, porque ya iba de salida, y me la he pensado toda una semana.

Siempre he considerado que mi padre es un don, una gracia. La oportunidad de tener un padre que entienda, no se oponga y hasta apoye la idea de que siempre hay cosas más interesantes --e importantes-- que ir a la escuela, no es algo de lo que todos podemos gozar; yo sí. Y una terrible conclusión para mí: quise, al principio, culparlo a él de mi falta de disciplina, de mi desinterés monótono, de mi estúpidez crónica... y tantos otros males que me aquejan. Pero es imposible. Imposible como pretender que yo no puedo hacer nada al respecto.

Volviendo a Madrid: ¡Romu! Es tan lúcido, tan brillante, tan grande... Llevo tres días leyendo sus publicaciones y leerlo me ayuda a entenderlo y entenderme. A mirar con gratitud los asuntos en los que nunca nos vamos a poner de acuerdo y admirar la honestidad con que dice lo que son las cosas y ordena el pequeño mundo que, por fortuna para mí, nos ha tocado compartir.

lunes, 28 de febrero de 2011

Lamento las molestias

Mi mamá tiene una lesión sindesmal que vamos padeciendo desde hace un mes. Hay días en los que me siento más torpe y más perezosa.  ¿De veras hay que escribir?  ¿Y si no tengo nada relevante que decir? Voy a seguir escribiendo. Sí, lamento las molestias. Pero lo voy a seguir intentando.

Lamento las molestias

Mi mamá tiene una lesión sindesmal que vamos padeciendo desde hace un mes. Hay días en los que me siento más torpe y más perezosa.  ¿De veras hay que escribir?  ¿Y si no tengo nada relevante que decir?

miércoles, 26 de agosto de 2009

"Después"

El cumpleaños de mi hermanota está próximo. Vi a un amigo muy querido, nuestra amistad debe mucho a los nuevos medios. (Marilú debería estudiarnos algún día.) Bueno, el cumpleaños de mi amigo querido también está próximo y le obsequié una tarjeta. No anoté nada en esa tarjeta porque yo nunca anoto nada en las tarjetas. Seleccionar una tarjeta me cuesta mucho trabajo y me lleva tiempo; siempre las estoy buscando, busco que el mensaje sea preciso, y, si se puede, que sea linda y que sea única. Y entonces supongo que no hace falta anotar nada más. Si anotara algo más, sería por insuficiencia del mensaje de la tarjeta y entonces mi búsqueda sería en vano. Mi amigo no lo entendió; bueno, yo no lo expliqué.
Si tuviera un poquito de más confianza le hubiera dicho algo como: "Fui hasta Chile a adquirir esa tarjeta para ti (no fui exclusivamente a eso, pero sí dediqué varias horas a buscar una tarjeta) busqué una que dijera exactamente lo que yo quería expresarte, la vi y la pensé para ti. No hay nada que agregar". Pero eso sería muy violento y es sólo una tarjeta. Así que le dije: "después". Y supongo que en algún momento debo hacer efectivas mis palabras. También le regalé un libro. Y ese era el importante: el regalo.
El encuentro fue bello a pesar de todo. A pesar de que llegué tarde y no lo encontré en el lugar acordado. Le llamé varias veces y no me respondía, algunos mensajes y nada... entré a todos los restaurantes del centro de Coyoacán y no lo veía. En mi favorito (mi restaurante favorito del centro de Coyoacán), la recepcionista debió verme desesperada y me preguntó: "¿A quién buscas?" Estaba distraída y le dije: "¡A Mauricio!" Y sí había un Mauricio, pero no era el mío. Gracias a eso pude darme cuenta de que ahí estaban fumando. Detesto a los fumadores.
Mi Amigo apareció y nos encaminamos a "La Oaxaqueña", que resultó ser "El Oaxaqueño" y que ya no existe. Regresamos al centro. Él propuso mi favorito, y será muy mi favorito pero ahí estaban fumando y me negué. Entramos al de junto. Tardaron mucho en servirnos y la comida no era muy buena. Llovió. ¡Llovió! Lluvia con helado. Cuando nos despedimos me dijo que me quería. Hubiera querido responder que yo también. Es difícil. Lo miro y me cuesta ver al niño lindo de la mensajería instantánea y el que miro me parece un desconocido. Sospecho que esto puede cambiar después, después...

viernes, 12 de marzo de 2004

Tristes guerras

El tráfico de Ciudad de México en viernes es insoportable. Por alguna razón, que yo entiendo bien, a la gente le gusta abandonar la ciudad. A mí me tocó hoy ir en sentido contrario: yo no me iba: llegaba. El chofer escuchaba un noticiero radiofónico. El tema: los atentados de ayer en Madrid y las elecciones de pasado mañana. No hablé para nada durante el tedioso recorrido a casa, sólo escuchaba y pensaba y estaba triste. Tristes guerras...
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