sábado, 3 de agosto de 2013

"Juana, ¿te gusta el café?"


(Hace diez años que uso esto, y apenas ahora descubro lo fácil que es publicar fotografías de Picasa en Blogger)

Una confesión para empezar. Ayer desayuné café. No le he dicho a nadie, solamente a Víctor. También le dije que me sentí mal, un momento, durante mi clase de francés. Fue breve, un par de minutos, suficientes para arrepentirme.

Desde el miércoles, cuando vi las fotos que conformarían Flores del café, la exposición que inauguramos hoy en Casa del Risco, pienso y pienso en la sierra andina. Además las fechas coinciden, hace cuatro años yo estaba ahí y ahí tuve dos de los mejores compañeros de viaje que he tenido: Antonio y Aurelian. Viajamos juntos, por tren, carretera y caminando (aunque "carretera" es mucho decir) del Cusco a Machu Picchu y de regreso. Fuimos inseparables durante toda la travesía.

A Antonio le impresionaba que yo desayunara con café, comiera con café y cenara con café y que si en el camino me daba sed... tomara café. Después de trepar Machu Picchu, de regreso al Cusco, en Ollantaytambo, mientras yo le explicaba a Aurelian la distinción paciana (o sea, de Octavio Paz) entre "hijo de puta" e "hijo de la chingada", Antonio me preguntó con un español muy aportuguesado, lindísimo: "Juana, ¿te gusta el café?" Me pareció una pregunta muy boba porque la respuesta era obvia, pero me había encantado el sonido de mi nombre en su voz. Entonces, sonriente, volví la cabeza para verlo y él me tendió su mano para darme una flor de café. Eso y el abrazo de paz que me dieron en una misa dominical en Lima fueron lo mejor de ese viaje.

La flor se marchitó en Lima, durante la semana que no tenía contemplado estar ahí. Pero con la planta venían dos granos de café. Esos granos los conservo. Los adherí a la decoración de una pequeña canasta de mimbre que me regaló Yaz y que uso para guardar mis crayolas. Meu caro Antonio, muito obrigado. Você pode me dizer anteantier? Eu adoro você!

Post-scriptum
Antonio me escribió, a propósito de esta entrada, una frase que resume, si no toda la literatura española, sí todo el Siglo de oro español: "Amar y escribir son todo un uno". Así lo creo.

domingo, 23 de junio de 2013

Todo es ritmo

La semana pasada tuve un sueño y durante la noche siguiente un sueño sobre ese sueño, o sea un metasueño. Empecemos por el principio. El sueño original fue hermoso; se trataba de un paisaje, montañas y un valle inmenso. Pero con todo lo inmenso de ese valle, dos personas (una de esas personas era mi amigo Mauricio) movían ese paisaje como si de una tela se tratara.

Era como si el paisaje estuviera contenido en una gran sábana y las dos personas sacudieran la sábana. Pero no la sacudían sin más, en el movimiento había ritmo. Y sonaba "Oigo voces" de Bajofondo. Además con el movimiento hacia arriba y hacia abajo el paisaje cambiaba de color. Arriba era muy azul y conforme bajaba tendía al rosa. La luz era pura armonía. Fue una visión hermosa.

El metasueño consitió en que yo le contaba todo esto que escribí a mi hermana, pero apenas empecé mi relato ella me pedía que esperara, y reproducía en su teléfono móvil "Oigo voces". Quería que hiciera la narración con la música de fondo y eso me entusiasmaba demasiado.

Culpo de todo esto a Cortázar, a mis clases de literatura y a Emiliano. Porque Emiliano propusó "Oigo voces" como música de fondo en mis recaídas cortazarianas. Y ahora pienso, como los románticos, que todo es ritmo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Papelillo


El Oro, México

Cuando yo tenía ocho años, me parecía que "Bugambilia" era un nombre demasiado rimbombante para la flor que designa. Luego me enteré que en España la llamaban "Bunganvilla, así sonaba más corriente, pero me seguía pareciendo un nombre desajustado con la cosa que designaba. Louis Antoine de Bougainville dirigió la expedición que halló en Brasil a esta planta.

"Papelillo", como la llaman en Perú, me gusta más. No creo que estemos aquí para descubrir cosas sino para entenderlas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

La noche está estrellada


«Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.

La noche está estrellada y ella no está conmigo.»


Mi abuelo murió la noche del 6 de abril, hace poco más de un mes, luego de medio año de la agonía más noble y más valiente y más dolorosa que he visto. Cáncer de garganta para quien lo que más amó fue cantar. Pienso mucho en él y lloro cada viernes a las ocho de la noche. La noche está estrellada...

sábado, 28 de julio de 2012

Guardar los perros

El próximo martes mi abuelo cumplirá 90 años de vida. Lo celebraremos hoy. Toda la familia, los amigos de la familia y la familia de la familia... como cada año. El cumpleaños de mi abuelo es una especie de fiesta religiosa. El único cumpleaños que nos congrega a todos y, lo que es más asombroso, a nuestras mejores voluntades. Así que me dispongo a guardar mis perros en la azotea, como dicen que decía Goethe. Procuraré no mirar feo a nadie ni evidenciar sus imbecilidades. Comeré, sonreiré, seré amable en la conversación y diré que no puedo ingerir nada etílico porque debo cuidar mi vesícula. Y que la voluntad me dure.

Hablando de mi vesícula... tuve una pesadilla espantosa. Me hizo despertar a las dos de la madrugada. Desperté, recordé, lo analicé unos segundos, me llevé las manos a la cara y lamenté mucho que la peor pesadilla de la temporada fuera tan verosímil. Soñé la cosa más ordinaria que me ocurre cuando estoy en compañía de mi hermana. Yo trataba de hacer la simple tarea de lavar y secar unos zapatos y ella estaba ahí para decir que lo estaba haciendo mal, que debía seguir el método de ella, que yo era tonta y debía hacer exactamente lo que ella dijera. Por supuesto, yo trataba de replicar y me enojaba mucho. Desperté con acidez en el estómago, imagino que el derramamiento de bilis fue atroz. Me tomó más de una hora volver a dormir.

Y ayer soñé que estaba con Panchito, un compañero de la secundaria y la preparatoria, jugábamos o hacíamos una especie de trabajo escolar, o ambas cosas. Entonces notaba que él tenía una edición de lujo de El arte de perdurar de Hugo Hiriart, era un libro morado, bonito y grande. Le mostré a Panchito que yo tenía la edición normal (la única que en realidad existe) y que mi ejemplar estaba leído, releído, subrayado, anotado, comentado... y sí, de hecho, así está mi ejemplar.

Tengo vacaciones generalizadas: los idiomas, el violín, la universidad...

domingo, 8 de julio de 2012

Mañana

Debo acabar con la costumbre horrible de prometer cosas que no voy a cumplir. Y dada mi ignorancia, lo mejor sería dejar de prometer cosas sin más. Había prometido escribir "mañana" (y mañana viene a ser el jueves de la semana pasada) sobre mis gustos musicales en mi época adolescente. Pero el jueves me la pasé de vuelo en vuelo y tenía que escribir otras cosas. Ahora el pudor me ha invadido y ya no tengo ganas de contaros lo que iba a contaros.

¡Ah! ¡Mi pequeña sobrina terminó el pre-escolar! Se le veía feliz... y yo soy feliz si la veo feliz.

La Argentina me devuelve equilibrada, por lo menos así ha sido durante estos días. No estoy triste, ni entusiasmada. Sé más cosas sobre mí, unas que me complacen y otras que no, pero las asumo todas. Ahora sé, por ejemplo, que escribir ensayos no es algo que se me facilite y que el estilo conciso y claro de los papers me fascina.

Tengo nueva melodía en la clase de violín: El segundo acto de El lago de los cisnes. La idea es que ejecute con el violín la parte que corresponde a la mandolina, eso supone muchos movimientos trémulos, y me encantan. Ojalá que con esta melodía sí pueda: es sencilla y linda... elegante.

Estoy encantada con el libro que me regaló mi amigo Mauricio. Lo leo cada día. Fue mi acompañante predilecto en mi viaje. No he leído nada nuevo hasta ahora y leo en desorden. Busco en el índice títulos que me parezcan conocidos y me lanzo sobre las páginas indicadas. Estoy descubriendo cosas nuevas sobre lecturas viejas y tengo la sensación hermosa de entender. Castellanos me recuerda a un amado monstruo, me recuerda a Alejandro Rossi. Yo no tengo ningún amado monstruo que sea mujer...

¡Tengo veinticinco años! Y conservo la serenidad. Hala.

Y voy al hospital porque mi madre se siente mal. Hasta otra.

sábado, 30 de junio de 2012

Estoy a la puerta y llamo

Mira que estoy a la puerta y llamo...

Estoy sentada frente a la puerta de la casa de mi hermanita y llueve un poco. Algo le ocurre a la puerta y el último, y más potente, de los seguros no puede desactivarse. Ella ya sacó toda su herramienta de ingeniero para retirar la cerradura. La amenacé, saqué mi teléfono y le dije: "le voy a hablar a mi Papito y le voy a decir que ya llegué a tu casa pero tú no me dejas entrar". Puedo amenazarla porque junto a la puerta hay una ventana que está abierta y por la que nos vemos cara a cara. Tal vez yo pueda entrar por esa ventana, pero no quiero intentarlo.

Le marqué a mi papá. Le dije: "Papito ya estoy en Atlaco, con Flaquita". Él me preguntó: "¿Por qué estás ronca?". (¿Estoy ronca? ¡Qué barbaridad, no lo había notado! Debe ser porque estuve al intemperie, mientras llovía, por más de una hora.) "¡Yo creo que es por el cambio de clima!", fue lo único que se me ocurrió decirle. Me preguntó si ya habíamos cenado. Le respondí que yo no, pero no tenía hambre. Luego metí la cabeza por la ventana, y con teléfono en mano le pregunté a mi hermanita, "¿Quieres cenar?" Ella dijo que sí. Entonces le dije a mi padre, segura de que lo había escuchado todo, "Sí, ahorita salimos a cenar". Hasta mañana, buenas noches, besitos... y colgué.

No puedo conversar con mi hermanita porque ella no puede concentrarse en más de una labor a la vez. Y prefiero que abra pronto esa puerta. Entonces escribo esta entrada.

He pasado un lindo día en compañía de mi amigo Mauricio. Nuestra amistad es extraordinaria; un poco por la falta de experiencia inmediata y un mucho porque él es todo lindo, y todo gracia, y todo amable, y amo su sonrisa... Antes tenía conflictos cuando lo veía porque no podía identificar en él a mi amigo virtual. Pero ya pasó. Las conversaciones virtuales son de otro tiempo. A veces le escribo, pero él casi nunca responde; entonces todo lo que me queda es su presencia un día, o dos, al año. Sí: es extraordinaria nuestra amistad. Temo un poco que él no lo haya pasado tan bien como yo, sólo un poco. Es lo que hay.

Vi una figurilla de Santa Rosa de Lima y reí mucho porque recordé a cierto poeta sevillano que admiro mucho. A veces no lo comprendo, ¡muchas veces! Pero me fascina la dulzura y el humor, que es una especie de sabiduría, con el que asume su catolicismo. Le enfada que la gente compare las experiencias místicas con los orgasmos. Yo tiendo a creer que los orgasmos son sólo cuestión de ritmo, mucho más accesibles, más efímeros y muchos menos productivos. No sé de alguien cuyo orgasmo le lleve a escribir versos tan hermosos como los de Santa Teresa... Bueno, pero esto era sobre Santa Rosa de Lima. Un día alguien le dijo a mi admirado amigo que la santidad de Rosa no iba más allá de la histeria, la neurosis y la anorexia. Y he aquí la sabia respuesta, con sonrisa en rostro y mirada tierna: "también las anoréxicas pueden ser santas". Sonrío, sonrío feliz, por toda la verdad que implica esa respuesta.

Pronto será mi cumpleaños. Mi amigo me dio un obsequio, en realidad me dio dos. Pero devolví uno. ¿Habré hecho mal? Era un libro, y ya lo tengo, y dijo que podía cambiarlo. El otro me ha encantado. Es el primer tomo de las Obras Completas de Rosario Castellanos. Alguna vez había visto esa edición, la primera. La compilación es de Eduardo Mejía. Pero no había notado que a fuerza de epígrafes el compilador insiste en una idea: la escritura no es expresión, la escritura es una forma de dar forma, de entender, es ansia de decir lo son las cosas... me encanta, ¡me encanta mi regalo!

¡Por fin cayó la puerta!

Tengo que pensar en alguna ñoñez para celebrar mi cumpleaños. Se aceptan sugerencias.

© Todo en el fragmento
Maira Gall