lunes, 23 de diciembre de 2013

Y yo me iré

Sala de espera atiborrada. Escucho Los aviones en la versión de Javier Calamaro, para motivar el viaje. Estoy de buen humor porque el inspector me asoció con la medicina. Le expliqué brevemente que el Bromuro de Pinaverio no está prohibido en España, que de forma popular se conoce como Eldicet; que tengo una vesícula biliar monstruosa; que sufro de disquinesia biliar y que no quiero que me retiren la vesícula antes de los treinta años porque quiero ser producto de la selección natural por lo menos hasta esa edad. Al final me ha preguntado si soy médico o enfermera. Rápidamente se me ocurrieron dos respuestas: "no soy nada, yo no tengo vanidad..." o, simplemente, "soy un poco hipocondriaca". Le dije: "yo estudio Literatura, pero me gusta estar al tanto de mis padecimientos".

Y me descubrí, por octava vez en el año, ocultando esa parte de mi pasado que se relaciona con el estudio de la Filosofía. Y es que la experiencia me ha mostrado que la gente guarda silencio luego de escuchar que estudio Literatura, es como si se decepcionara. Pero si digo que estudié Filosofía, se entusiasman y me agobian con preguntas...

En fin, acá estoy. Hablando de hipocondriacos, tal día como hoy de 1881 nació JRJ. Ayer mi papá me hizo el inmenso favor (gracias, Papito) de recordar que en mi adolescencia me gustaba declamar El viaje definitivo. ¿Quién iba a decirlo? Juan Ramón en mis gustos quinceañeros. Ya por mi cuenta he recordado que también memorizaba a Darío y a Machado, creo que me gustaba el modernismo. Los había olvidado, pero me gusta que me gustaran.

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

No sé si pueda y quiera escribir en algún momento de las siguientes dos semanas. El 25 de diciembre, cuando escuche la lectura del Prólogo del Evangelio de Juan, pensaré en todos los que habéis pasado por aquí y rezaré por vosotros.

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος,
καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν,
καὶ Θεὸς ἦν ὁ Λόγος.

sábado, 21 de diciembre de 2013

El mareo

"Don't you see that we're both in the same boat? Yes, and jolly sea-sick."

He escrito un ensayo contra uno de mis más rancios dogmas. Las razones por las que se tiende a apreciar más a los textos en su idioma original que a las traducciones, me parecen evidentes. Y porque me parecen evidentes sé que es uno de mis más rancios dogmas. Pero mi asunto era sobre los Traductores de Toledo y sobre sus bondades, que son igualmente evidentes. Así que tenía que intentar recorrer un camino que me llevara más allá del Traduttore, traditore. No podía salir bien. O tal vez sí. Ahora tengo mayor incertidumbre. El jueves la cosa empeoró...

Un poco de historia. El 2 de septiembre de 2009, camino a Puebla, recibí un mensaje en el que se me interrogaba sobre mis lecturas de Chesterton. ¡Qué pregunta! Venida además del mejor amigo que he tenido en Puebla, el asunto se tornaba poco más que emocionante. Dos obras encabezaban la lista que envié por respuesta: The Man who Was Thursday y Orthodoxy (por cierto, me repugna la idea de la canonización del viejo Chest). A esa lista sucedió un intercambio de mensajes que terminó cuando llegué a Puebla, pocos minutos después tenía a mi amigo "cara-a-cara" (para usar una fórmula que a él le gusta). Y descubrí que la pregunta se debía a que quería regalarme El hombre que fue jueves en la edición del Fondo de Cultura Económica, traducción y prólogo de... (¡ábranse, oh cielos, y derramen su justicia!) Alfonso Reyes.


Yo ya había leído la edición que Reyes preparó para Calleja hacia 1919. Se puede encontrar en la Biblioteca Nacional (Sí, me gustan las primeras ediciones y eso también es efecto de mi rancio dogma). Pero este año, a pocos días de mi cumpleaños, me cayó un aguacero en la esquina de Eje Central y Carranza, a tres pasos de la librería Juan José Arreola. Así que me refugié ahí y, luego de mirar y mirar, elegí tres libros y me dirigí a la caja. Ahí estaba, radiante, junto a la edición conmemorativa de Rayuela, una reimpresión de 2012 de El hombre que fue jueves. La compré, la guardé y la olvidé. Concluido mi semestre, el martes de esta semana decidí acomodar la estantería y lo hallé un poco alejado de todo lo que apesta a Alfonso Reyes: Obras completas, correspondencia y estudios críticos.

La lectura del Prólogo me hizo recordar el motivo por el que escribo una tesis sobre Alfonso Reyes. Cosa que no me viene nada mal estos días. Dos días después, el jueves, encontré un fragmento que me entusiasmo. Está al inicio del capítulo tercero, ese que nombra a todo el libro, página 44, renglón 8: "¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos de aguantar el mareo?" Quedé fascinada con ese fragmento. Y, por más que intenté, no pude recordar emoción igual de mis lecturas de la edición de Penguin Books. Hoy pude volver a casa (¡estoy de vacaciones!) y revisar la edición inglesa. La frase no está. Solamente aparece eso que figura en esta entrada como epígrafe. Hay demasiada musicalidad --Chesterton era un gran poeta-- y un remate juguetón con ese "sea-sick" en el original que se pierde en la traducción de don Alfonso. Pero Reyes la toma y la eleva, la solemniza y la castellaniza. Y me encanta.

Que Reyes, al traducir, "mejora" a los autores es algo que Borges ya había señalado a propósito de unos poemas de Mallarmé. O sea, que lo hace en francés y también en inglés. Más traidores de estos...

Con el arreglo de la estantería encontré, además, unas tarjetas que me obsequiaron, también en Puebla, en la Navidad de 2006. Están pintadas con acuarela. Esa de la imagen soy soy. Los zapatos verdes existieron. Y mis cabellos lucieron así los cuatro años que estudié Filosofía. El texto contenido en las tarjetas es precioso; me ruboriza. Pero todavía puedo aguantar el mareo. Lo que no puedo es descifrar si los textos de esas tarjetas me ruborizan porque tengo plena conciencia de que no soy digna de tantos elogios o por la impresión que me provoca la hermosura de quien me ha dibujado (en acuarela y en palabras) proyectando su propia bondad inmensa.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

En leves mundos frágiles

Romance de la luna Tucumana, Pedro Aznar y Mercedes Sosa en el ruido de fondo. Hace 62 años murió Pedro Salinas. Hace una semana, el 27 de noviembre, era su cumpleaños y empecé a escribir sobre él. Hay una carta, de las últimas que le dirigió a Katherine, desde la que se puede vislumbrar a Salinas, todo Salinas. En una sola carta aparece el enamorado que se ha conformado ya con la adversidad, el espléndido crítico literario y el poeta de la generación del 27 (incluso hay citas de Góngora). Había intentado justificar eso, pero no he pasado de la parte del enamorado resignado y lo único que he logrado es engrosar la lista de borradores de este blog.

Entonces, estoy afectada de salinidad. Hoy he pensando en una carta que había leído por vez primera hace diez años. Me identificaba con ese texto. Las cosas no han cambiado tanto. Nochebuena de 1932, Pedro a Katherine. Va un fragmento.
No quiero dejar de escribirte esta noche. No concedo importancia alguna a las fiestas, no, pero sí a las fechas. En mi casa desde niño estoy acostumbrado a no celebrar la Nochebuena. Jamás tuvimos ni cena copiosa, ni mucho menos fiesta casera. Yo, como tú sabes, me crié en casa de mis abuelos y allí dominaba un tono grave, triste, serio. Había capilla. Se rezaba a diario. La alegría se toleraba, pero no se buscaba ni mucho menos se cultivaba. Tú sabes bien que la alegría es en la clásica concepción de la vida española cosa poco respetable. En cambio las desgracias, los lutos, se conservaban en la vida a la antigua española --así en mi casa-- cuidadosamente. Suspiro contra risa. Y por eso me acostumbré desde niño a no festejar las fiestas. De adolescente, en la época del esnobismo intelectual seguí lo mismo: me parecían las fiestas de todos vulgares, groseras, pobres. Tampoco tuve fiestas después. Luego he comprendido todo lo que hay de hermoso en la idea del día festival, aunque sigo viendo el pésimo uso que los hombres hacen de ellos. Creo pues en la fiesta, pero no en su modo. El mundo moderno, tan grande en tantas cosas, no ha sabido renovar el valor de la fiesta. Total: que hoy no desdeño la fiesta, como antes, pero sigo sin celebrarla. Aunque la pienso. Pienso la fiesta.
Estoy en la FIL y, como cada año, encuentro algo abominable junto al inmenso placer que esta feria me propina. Algunas ciudades son buenas para comerciar libros, pero no para leerlos y menos para escribirlos. Goethe, que nació en Frankfurt, lo sabía bien. No digo que sea el caso de Guadalajara; no lo sé en realidad. 

Mañana os contaré de mi semestre que parece que no acabará nunca. En leves mundos frágiles hemos vivido juntos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Música callada



I'm really happy. Hier, j'ai découvert a great bookstore dans le centre-ville. In Toluca. Y últimamente todo lo que se me ocurre, se me ocurre en Franglish. Tengo que detenerme un momento y traducir-me antes de hablar o de escribir. También me pasa que aventuro palabras; ya después me inquieto por su existencia. Sobre advertencia... os cuento.

Ayer encontré mi sitio, mi lugar seguro, en Toluca. Es una librería grandiosa en el centro de la ciudad. Cuando descubrí lo maravillosa que es, no pude creer el tiempo que había pasado sin que yo me percatara de su existencia. Se llama "Música callada", no es posible un mejor nombre. Se ubica a un costado de la iglesia del Carmen y hay que recorrer un estrecho corredor antes de hallar la entrada. La fotografía de arriba es de uno de los muros del corredor.

Ahí puede uno encontrar lo mejor --o sea todo-- de Romano Guardini, de Edith Stein y de Hans Urs von Balthasar, partituras de Cántico espiritual, una edición trilingüe de L'amour de Madeleine, la correspondencia de Wittgenstein, Senilia de Schopenahuer, Ideas de Schlegel ¡anotado por Novalis!, traducciones recientes de Hans Blumenberg... Recorrí cada rincón: ¡los libros se pueden (h)ojear! No hubo uno solo que no me entusiasmara, incluso si ya los había leído. O, tal vez, debería decir que sobre todo si ya los había leído.

Buenas noticias: recientemente he comprendido que la parte de mí que no ha podido entender el valor de la prosa romántica de Víctor Hugo y que le dijo a Hilda que el final de Les Misérables era feliz y, por lo tanto, desagradable, se encontraba limitada por una muy torpe lectura de mi adolescencia. Esto de reconciliarme con los autores me pasa mucho últimamente. Voy a darle una oportunidad a la Beauvoir, anuncio solemnemente que revisaré Mémoires d'une jeune fille rangée antes de que el año termine (guiño para mi amigo Víctor).

Hasta otra.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una habitación propia

Hablemos de la poética en sí y de sus diferentes tipos, del efecto que cada uno tiene, de cómo hay que componer las fábulas si se quiere que la poesía sea bella, también cuántas y de qué tipo son sus partes y de las restantes cosas que son propias de la misma investigación, comenzando inicialmente, como es natural, por el principio...
Todavía recuerdo el día que leí por vez primera la Poética de Aristóteles, podría decir que ahí se arruinó mi vida, pero la verdad es que mi vida ya estaba arruinada y también es verdad que escribo todo esto con sonrisa socarrona. Era la edición excelente (clara y cercana) de Aníbal González, conservo en mi memoria los dos primeros párrafos y a partir de ellos juzgo todas las otras ediciones que conozco. También recuerdo que de fondo sonaba La muerte del ángel.

Llevo cinco días escribiendo ensayitos. Escribí tres que me gustaron mucho: Secularización y libertad en La Celestina, La idea de poesía en el Cancionero de Baena, y La ambigüedad en el diálogo entre Don Amor y el Arcipreste de Hita. Todavía tengo que arreglar otros tres que no me gustaron tanto.

La Dra. K me pidió que leyera un libro cuya tesis principal es que la crítica literaria no sirve para nada (ella cree que es importante leerlo antes de mi examen profesional, o sea, ella cree que mi tesis es básicamente crítica literaria, igual que los llamados filósofos postmodernos creen que la filosofía es, nada más, crítica literaria). No lo he leído; comparto esa tesis absolutamente: la crítica literaria no sirve para nada. Con todo, la crítica literaria es lo mío --mi amigo Gerardo lo sabía mucho antes que yo.

Estos días he pensado en Virginia, en su A woman must have money and a room of her own if she is to write fiction. Mi mamá sigue sin caminar y sigue en mi habitación.

Emiliano me ha recordado que hace un año me otorgaron un premio por algo que escribí. Yo lo tenía bloqueado porque las ceremonias de premiación me resultaron muy engorrosas. Me equivoqué de día (me dio mucha pena con mi madre porque canceló algunas de sus actividades por acompañarme) y ya en el día correcto tuve que retirarme antes de que el evento iniciara.

El recordatorio me ha hecho pensar que el año pasado, a estas alturas, ya había empezado un espectácular cierre de año, lleno de satisfacciones. Y, bueno, que ahora no veo claro. Desde luego esto se puede arreglar en Toledo. Que así sea.

sábado, 3 de agosto de 2013

"Juana, ¿te gusta el café?"


(Hace diez años que uso esto, y apenas ahora descubro lo fácil que es publicar fotografías de Picasa en Blogger)

Una confesión para empezar. Ayer desayuné café. No le he dicho a nadie, solamente a Víctor. También le dije que me sentí mal, un momento, durante mi clase de francés. Fue breve, un par de minutos, suficientes para arrepentirme.

Desde el miércoles, cuando vi las fotos que conformarían Flores del café, la exposición que inauguramos hoy en Casa del Risco, pienso y pienso en la sierra andina. Además las fechas coinciden, hace cuatro años yo estaba ahí y ahí tuve dos de los mejores compañeros de viaje que he tenido: Antonio y Aurelian. Viajamos juntos, por tren, carretera y caminando (aunque "carretera" es mucho decir) del Cusco a Machu Picchu y de regreso. Fuimos inseparables durante toda la travesía.

A Antonio le impresionaba que yo desayunara con café, comiera con café y cenara con café y que si en el camino me daba sed... tomara café. Después de trepar Machu Picchu, de regreso al Cusco, en Ollantaytambo, mientras yo le explicaba a Aurelian la distinción paciana (o sea, de Octavio Paz) entre "hijo de puta" e "hijo de la chingada", Antonio me preguntó con un español muy aportuguesado, lindísimo: "Juana, ¿te gusta el café?" Me pareció una pregunta muy boba porque la respuesta era obvia, pero me había encantado el sonido de mi nombre en su voz. Entonces, sonriente, volví la cabeza para verlo y él me tendió su mano para darme una flor de café. Eso y el abrazo de paz que me dieron en una misa dominical en Lima fueron lo mejor de ese viaje.

La flor se marchitó en Lima, durante la semana que no tenía contemplado estar ahí. Pero con la planta venían dos granos de café. Esos granos los conservo. Los adherí a la decoración de una pequeña canasta de mimbre que me regaló Yaz y que uso para guardar mis crayolas. Meu caro Antonio, muito obrigado. Você pode me dizer anteantier? Eu adoro você!

Post-scriptum
Antonio me escribió, a propósito de esta entrada, una frase que resume, si no toda la literatura española, sí todo el Siglo de oro español: "Amar y escribir son todo un uno". Así lo creo.

domingo, 23 de junio de 2013

Todo es ritmo

La semana pasada tuve un sueño y durante la noche siguiente un sueño sobre ese sueño, o sea un metasueño. Empecemos por el principio. El sueño original fue hermoso; se trataba de un paisaje, montañas y un valle inmenso. Pero con todo lo inmenso de ese valle, dos personas (una de esas personas era mi amigo Mauricio) movían ese paisaje como si de una tela se tratara.

Era como si el paisaje estuviera contenido en una gran sábana y las dos personas sacudieran la sábana. Pero no la sacudían sin más, en el movimiento había ritmo. Y sonaba "Oigo voces" de Bajofondo. Además con el movimiento hacia arriba y hacia abajo el paisaje cambiaba de color. Arriba era muy azul y conforme bajaba tendía al rosa. La luz era pura armonía. Fue una visión hermosa.

El metasueño consitió en que yo le contaba todo esto que escribí a mi hermana, pero apenas empecé mi relato ella me pedía que esperara, y reproducía en su teléfono móvil "Oigo voces". Quería que hiciera la narración con la música de fondo y eso me entusiasmaba demasiado.

Culpo de todo esto a Cortázar, a mis clases de literatura y a Emiliano. Porque Emiliano propusó "Oigo voces" como música de fondo en mis recaídas cortazarianas. Y ahora pienso, como los románticos, que todo es ritmo.

© Todo en el fragmento
Maira Gall