miércoles, 4 de diciembre de 2013

En leves mundos frágiles

Romance de la luna Tucumana, Pedro Aznar y Mercedes Sosa en el ruido de fondo. Hace 62 años murió Pedro Salinas. Hace una semana, el 27 de noviembre, era su cumpleaños y empecé a escribir sobre él. Hay una carta, de las últimas que le dirigió a Katherine, desde la que se puede vislumbrar a Salinas, todo Salinas. En una sola carta aparece el enamorado que se ha conformado ya con la adversidad, el espléndido crítico literario y el poeta de la generación del 27 (incluso hay citas de Góngora). Había intentado justificar eso, pero no he pasado de la parte del enamorado resignado y lo único que he logrado es engrosar la lista de borradores de este blog.

Entonces, estoy afectada de salinidad. Hoy he pensando en una carta que había leído por vez primera hace diez años. Me identificaba con ese texto. Las cosas no han cambiado tanto. Nochebuena de 1932, Pedro a Katherine. Va un fragmento.
No quiero dejar de escribirte esta noche. No concedo importancia alguna a las fiestas, no, pero sí a las fechas. En mi casa desde niño estoy acostumbrado a no celebrar la Nochebuena. Jamás tuvimos ni cena copiosa, ni mucho menos fiesta casera. Yo, como tú sabes, me crié en casa de mis abuelos y allí dominaba un tono grave, triste, serio. Había capilla. Se rezaba a diario. La alegría se toleraba, pero no se buscaba ni mucho menos se cultivaba. Tú sabes bien que la alegría es en la clásica concepción de la vida española cosa poco respetable. En cambio las desgracias, los lutos, se conservaban en la vida a la antigua española --así en mi casa-- cuidadosamente. Suspiro contra risa. Y por eso me acostumbré desde niño a no festejar las fiestas. De adolescente, en la época del esnobismo intelectual seguí lo mismo: me parecían las fiestas de todos vulgares, groseras, pobres. Tampoco tuve fiestas después. Luego he comprendido todo lo que hay de hermoso en la idea del día festival, aunque sigo viendo el pésimo uso que los hombres hacen de ellos. Creo pues en la fiesta, pero no en su modo. El mundo moderno, tan grande en tantas cosas, no ha sabido renovar el valor de la fiesta. Total: que hoy no desdeño la fiesta, como antes, pero sigo sin celebrarla. Aunque la pienso. Pienso la fiesta.
Estoy en la FIL y, como cada año, encuentro algo abominable junto al inmenso placer que esta feria me propina. Algunas ciudades son buenas para comerciar libros, pero no para leerlos y menos para escribirlos. Goethe, que nació en Frankfurt, lo sabía bien. No digo que sea el caso de Guadalajara; no lo sé en realidad. 

Mañana os contaré de mi semestre que parece que no acabará nunca. En leves mundos frágiles hemos vivido juntos.

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