sábado, 21 de diciembre de 2013

El mareo

"Don't you see that we're both in the same boat? Yes, and jolly sea-sick."

He escrito un ensayo contra uno de mis más rancios dogmas. Las razones por las que se tiende a apreciar más a los textos en su idioma original que a las traducciones, me parecen evidentes. Y porque me parecen evidentes sé que es uno de mis más rancios dogmas. Pero mi asunto era sobre los Traductores de Toledo y sobre sus bondades, que son igualmente evidentes. Así que tenía que intentar recorrer un camino que me llevara más allá del Traduttore, traditore. No podía salir bien. O tal vez sí. Ahora tengo mayor incertidumbre. El jueves la cosa empeoró...

Un poco de historia. El 2 de septiembre de 2009, camino a Puebla, recibí un mensaje en el que se me interrogaba sobre mis lecturas de Chesterton. ¡Qué pregunta! Venida además del mejor amigo que he tenido en Puebla, el asunto se tornaba poco más que emocionante. Dos obras encabezaban la lista que envié por respuesta: The Man who Was Thursday y Orthodoxy (por cierto, me repugna la idea de la canonización del viejo Chest). A esa lista sucedió un intercambio de mensajes que terminó cuando llegué a Puebla, pocos minutos después tenía a mi amigo "cara-a-cara" (para usar una fórmula que a él le gusta). Y descubrí que la pregunta se debía a que quería regalarme El hombre que fue jueves en la edición del Fondo de Cultura Económica, traducción y prólogo de... (¡ábranse, oh cielos, y derramen su justicia!) Alfonso Reyes.


Yo ya había leído la edición que Reyes preparó para Calleja hacia 1919. Se puede encontrar en la Biblioteca Nacional (Sí, me gustan las primeras ediciones y eso también es efecto de mi rancio dogma). Pero este año, a pocos días de mi cumpleaños, me cayó un aguacero en la esquina de Eje Central y Carranza, a tres pasos de la librería Juan José Arreola. Así que me refugié ahí y, luego de mirar y mirar, elegí tres libros y me dirigí a la caja. Ahí estaba, radiante, junto a la edición conmemorativa de Rayuela, una reimpresión de 2012 de El hombre que fue jueves. La compré, la guardé y la olvidé. Concluido mi semestre, el martes de esta semana decidí acomodar la estantería y lo hallé un poco alejado de todo lo que apesta a Alfonso Reyes: Obras completas, correspondencia y estudios críticos.

La lectura del Prólogo me hizo recordar el motivo por el que escribo una tesis sobre Alfonso Reyes. Cosa que no me viene nada mal estos días. Dos días después, el jueves, encontré un fragmento que me entusiasmo. Está al inicio del capítulo tercero, ese que nombra a todo el libro, página 44, renglón 8: "¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos de aguantar el mareo?" Quedé fascinada con ese fragmento. Y, por más que intenté, no pude recordar emoción igual de mis lecturas de la edición de Penguin Books. Hoy pude volver a casa (¡estoy de vacaciones!) y revisar la edición inglesa. La frase no está. Solamente aparece eso que figura en esta entrada como epígrafe. Hay demasiada musicalidad --Chesterton era un gran poeta-- y un remate juguetón con ese "sea-sick" en el original que se pierde en la traducción de don Alfonso. Pero Reyes la toma y la eleva, la solemniza y la castellaniza. Y me encanta.

Que Reyes, al traducir, "mejora" a los autores es algo que Borges ya había señalado a propósito de unos poemas de Mallarmé. O sea, que lo hace en francés y también en inglés. Más traidores de estos...

Con el arreglo de la estantería encontré, además, unas tarjetas que me obsequiaron, también en Puebla, en la Navidad de 2006. Están pintadas con acuarela. Esa de la imagen soy soy. Los zapatos verdes existieron. Y mis cabellos lucieron así los cuatro años que estudié Filosofía. El texto contenido en las tarjetas es precioso; me ruboriza. Pero todavía puedo aguantar el mareo. Lo que no puedo es descifrar si los textos de esas tarjetas me ruborizan porque tengo plena conciencia de que no soy digna de tantos elogios o por la impresión que me provoca la hermosura de quien me ha dibujado (en acuarela y en palabras) proyectando su propia bondad inmensa.


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