sábado, 30 de junio de 2012

Estoy a la puerta y llamo

Mira que estoy a la puerta y llamo...

Estoy sentada frente a la puerta de la casa de mi hermanita y llueve un poco. Algo le ocurre a la puerta y el último, y más potente, de los seguros no puede desactivarse. Ella ya sacó toda su herramienta de ingeniero para retirar la cerradura. La amenacé, saqué mi teléfono y le dije: "le voy a hablar a mi Papito y le voy a decir que ya llegué a tu casa pero tú no me dejas entrar". Puedo amenazarla porque junto a la puerta hay una ventana que está abierta y por la que nos vemos cara a cara. Tal vez yo pueda entrar por esa ventana, pero no quiero intentarlo.

Le marqué a mi papá. Le dije: "Papito ya estoy en Atlaco, con Flaquita". Él me preguntó: "¿Por qué estás ronca?". (¿Estoy ronca? ¡Qué barbaridad, no lo había notado! Debe ser porque estuve al intemperie, mientras llovía, por más de una hora.) "¡Yo creo que es por el cambio de clima!", fue lo único que se me ocurrió decirle. Me preguntó si ya habíamos cenado. Le respondí que yo no, pero no tenía hambre. Luego metí la cabeza por la ventana, y con teléfono en mano le pregunté a mi hermanita, "¿Quieres cenar?" Ella dijo que sí. Entonces le dije a mi padre, segura de que lo había escuchado todo, "Sí, ahorita salimos a cenar". Hasta mañana, buenas noches, besitos... y colgué.

No puedo conversar con mi hermanita porque ella no puede concentrarse en más de una labor a la vez. Y prefiero que abra pronto esa puerta. Entonces escribo esta entrada.

He pasado un lindo día en compañía de mi amigo Mauricio. Nuestra amistad es extraordinaria; un poco por la falta de experiencia inmediata y un mucho porque él es todo lindo, y todo gracia, y todo amable, y amo su sonrisa... Antes tenía conflictos cuando lo veía porque no podía identificar en él a mi amigo virtual. Pero ya pasó. Las conversaciones virtuales son de otro tiempo. A veces le escribo, pero él casi nunca responde; entonces todo lo que me queda es su presencia un día, o dos, al año. Sí: es extraordinaria nuestra amistad. Temo un poco que él no lo haya pasado tan bien como yo, sólo un poco. Es lo que hay.

Vi una figurilla de Santa Rosa de Lima y reí mucho porque recordé a cierto poeta sevillano que admiro mucho. A veces no lo comprendo, ¡muchas veces! Pero me fascina la dulzura y el humor, que es una especie de sabiduría, con el que asume su catolicismo. Le enfada que la gente compare las experiencias místicas con los orgasmos. Yo tiendo a creer que los orgasmos son sólo cuestión de ritmo, mucho más accesibles, más efímeros y muchos menos productivos. No sé de alguien cuyo orgasmo le lleve a escribir versos tan hermosos como los de Santa Teresa... Bueno, pero esto era sobre Santa Rosa de Lima. Un día alguien le dijo a mi admirado amigo que la santidad de Rosa no iba más allá de la histeria, la neurosis y la anorexia. Y he aquí la sabia respuesta, con sonrisa en rostro y mirada tierna: "también las anoréxicas pueden ser santas". Sonrío, sonrío feliz, por toda la verdad que implica esa respuesta.

Pronto será mi cumpleaños. Mi amigo me dio un obsequio, en realidad me dio dos. Pero devolví uno. ¿Habré hecho mal? Era un libro, y ya lo tengo, y dijo que podía cambiarlo. El otro me ha encantado. Es el primer tomo de las Obras Completas de Rosario Castellanos. Alguna vez había visto esa edición, la primera. La compilación es de Eduardo Mejía. Pero no había notado que a fuerza de epígrafes el compilador insiste en una idea: la escritura no es expresión, la escritura es una forma de dar forma, de entender, es ansia de decir lo son las cosas... me encanta, ¡me encanta mi regalo!

¡Por fin cayó la puerta!

Tengo que pensar en alguna ñoñez para celebrar mi cumpleaños. Se aceptan sugerencias.

lunes, 20 de febrero de 2012

El silencio y esta bitácora


[De fondo: Hacia lo salvaje (Delux Edition) de Amaral. No, no detesto la música pop, ni la cultura pop, por la razón sencilla de que no detesto la música, y tampoco la cultura. Aclarado este punto, a por ello.]

Por temporadas escribo más de lo que hablo, acaso porque me gusta más escribir, no estoy segura. Hablar es algo que atesoro; escribir, no tanto.

Volví a las sesiones de violín. Y un día que volvía  a la casa de mis padres encontré a una joven que es de mi familia y también es mi vecina. Teníamos que caminar juntas un tramo más o menos largo hasta llegar a nuestros respectivos destinos y como vi que traía instrumental médico instalado en su cuello le pregunté qué le había pasado. Respondió que días antes había tenido un accidente de tránsito. Lo lamenté. Seguimos caminando y de pronto ya no había tema de conversación. Se me ocurrió que podía romper el silencio con observaciones sobre los cambios en el paisaje geográfico de nuestro pueblo, o el clima... pero la idea mía de que sería absurdo, que no valía la pena hablar por hablar, fue más fuerte. Y no hablé más. Hasta que nos despedimos en la entrada de su casa abrí mi boca para desearle que estuviera bien y se recuperara pronto. Creo que puede haber silencios incómodos, pero para mí no hay nada más cómodo que el silencio cuando creo que no tengo nada relevante para decir... el silencio y esta bitácora.

sábado, 18 de febrero de 2012

Grata compañía

No es tan difícil despertar temprano para ir a mis clases si un amanecer como este hace de compañía en la travesía.



martes, 7 de febrero de 2012

Siempre mienten


"No mires a los ojos de la gente; me da miedo, siempre mienten". Escucho esa canción en la versión de Marlango. Me encanta.

Estoy en San Pedro, en mi casa, mi habitación, mis libros y me siento a gusto. Entré aquí y comencé a maquinar la remodelación. Disfruto mi habitación, pero no puedo soportarla del mismo modo más de medio año. Estoy pensando en un cambio de color para el techo, cortinas largas, una alfombra primaveral y nueva ubicación para la cama.

Extravié mi atril. Creo que lo dejé en el asiento del autobús que me llevó de Puebla a la Ciudad de México. No me gustan las consecuencias de mi falta de atención. Me pongo triste. No por lo que pierdo, que nunca ha sido gran cosa, sino por no tener suficiente capacidad de concentración, por descubrir lo descuidada y torpe que soy.

Ayer tuve la felicidad de volver a ver a un compañero y amigo de antaño, un niño de sonrisa encantadora e inquietudes existenciales.

Creo que escribo esta entrada ocultando algo, ocultando lo importante. Tengo miedo...

viernes, 27 de enero de 2012

Tener que entender

Hace unos días mi padre y yo hablábamos de mi sobrinita hermosa, de que un día llegó una notificación del colegio, mi niña no había querido hacer nada en la jornada escolar y, de hecho, no hizo nada. Le dije a mi papá que a mí se me había ocurrido sugerirle a mi sobrinita que cuando amaneciera sin ganas de hacer sus labores escolares, simplemente se abstuviera de asistir a la escuela; pero no lo hice porque se lo puede tomar muy en serio (y acabará pareciéndose a mí). Lo dicho entre paréntesis no se lo dije a mi papá, pero estoy segura de que lo adivinó porque me miró con ternura y sonrió mucho.

Cuando la sonrisa se le pasó, mi papá me dijo en tono muy serio: "la maestra tiene que entender que no siempre va a querer hacer lo que se le pide". Mi indignación fue mucha. ¡La maestra no tiene que entender nada! Está claro que no siempre va a querer hacer lo que se le pide, a todos nos pasa. Es mi sobris la que tiene que entender que tiene que hacer lo que se le pide, aunque no quiera, es más: sobre todo si no quiere. ¡Que para eso es la escuela! Para violentar y disciplinar. ¿Que "la maestra tiene que entender"? ¡Y lo dice un hombre que dedicó 30 años de su vida a dar clases! Toda mi indignación me la guardé, porque ya iba de salida, y me la he pensado toda una semana.

Siempre he considerado que mi padre es un don, una gracia. La oportunidad de tener un padre que entienda, no se oponga y hasta apoye la idea de que siempre hay cosas más interesantes --e importantes-- que ir a la escuela, no es algo de lo que todos podemos gozar; yo sí. Y una terrible conclusión para mí: quise, al principio, culparlo a él de mi falta de disciplina, de mi desinterés monótono, de mi estúpidez crónica... y tantos otros males que me aquejan. Pero es imposible. Imposible como pretender que yo no puedo hacer nada al respecto.

Volviendo a Madrid: ¡Romu! Es tan lúcido, tan brillante, tan grande... Llevo tres días leyendo sus publicaciones y leerlo me ayuda a entenderlo y entenderme. A mirar con gratitud los asuntos en los que nunca nos vamos a poner de acuerdo y admirar la honestidad con que dice lo que son las cosas y ordena el pequeño mundo que, por fortuna para mí, nos ha tocado compartir.

sábado, 21 de enero de 2012

Aurora

¡Otros pájaros volarán más lejos!
Gracias, Aurorita, por las horas amenas, por las sonrisas de pura felicidad y por protegerme hasta de mí.

martes, 17 de enero de 2012

Se acaba

¡Por fin! Terminé la lectura de un texto "molesto" de trescientas sesenta y seis páginas. La osadía me tomó tres días y medio. De a poco, retomo mi nivel de lectura. Me siento satisfecha, pero también sé que no es suficiente.

Las páginas de los libros son cuantificables sólo en apariencia. Una cosa es cierta: el tiempo que se invierte en ellos es irrecuperable y a veces se requiere mucha audacia para hacer que la inversión valga la pena.

(Todavía puedo recordarme, chiquitita --¡cuatro años de edad!--, leyendo las enciclopedias de mi papá. Una página me tomaba todo el día y gran parte de la noche. Seguramente no entendía nada. Pero me sentía feliz al terminarla.)

Digo que el texto fue "molesto" porque cada página me mostraba la posibilidad de escribir con claridad y distinción sobre un tema engorroso. A cada vuelta de página me decía: "tú no vas a poder, Juana". Por largos ratos el texto era redundante. No me molestó por redundante: me molestó por evidente. Me molestó porque mucho de lo que leía no se me ocurrió a mí primero.

No me quedan muchos días en Puebla y empiezo a pensar en lo que extrañaré. La señora que me atiende con cariño en el café... cómo me hará falta.
© Todo en el fragmento
Maira Gall