¡Por fin! Terminé la lectura de un texto "molesto" de trescientas sesenta y seis páginas. La osadía me tomó tres días y medio. De a poco, retomo mi nivel de lectura. Me siento satisfecha, pero también sé que no es suficiente.
Las páginas de los libros son cuantificables sólo en apariencia. Una cosa es cierta: el tiempo que se invierte en ellos es irrecuperable y a veces se requiere mucha audacia para hacer que la inversión valga la pena.
(Todavía puedo recordarme, chiquitita --¡cuatro años de edad!--, leyendo las enciclopedias de mi papá. Una página me tomaba todo el día y gran parte de la noche. Seguramente no entendía nada. Pero me sentía feliz al terminarla.)
Digo que el texto fue "molesto" porque cada página me mostraba la posibilidad de escribir con claridad y distinción sobre un tema engorroso. A cada vuelta de página me decía: "tú no vas a poder, Juana". Por largos ratos el texto era redundante. No me molestó por redundante: me molestó por evidente. Me molestó porque mucho de lo que leía no se me ocurrió a mí primero.
No me quedan muchos días en Puebla y empiezo a pensar en lo que extrañaré. La señora que me atiende con cariño en el café... cómo me hará falta.
No hay comentarios.
Publicar un comentario