miércoles, 23 de diciembre de 2015

Gris sobre gris

Mephistopheles: Grau, theurer Freund, ist alle Theorie,
und grün des Lebens goldner Baum.

(Gris, querido amigo, es toda teoría,
y verde, el árbol de oro de la vida)

El 7 de diciembre terminó mi semestre, era el Hanukkah, el día de san Ambrosio y el cumpleaños de mi amigo Pável. Su cumpleaños me aterra y cada que veo venir la fecha me digo: "¡Pero cómo! ¿Otra vez va a cumplir años?" Entre el estrés de mis entregas finales y mi terror al tiempo que se nos va siempre, le escribí una felicitación de muy mal gusto. (Perdóname, Pável.) Y ahora que lo pienso, ¿qué otra cosa podría haber escrito? Al enviarla no me pareció tan mala porque incluía una referencia al color gris, tan caro a nuestra amistad... Hegel decía (passim) que la filosofía, por definición, llega siempre demasiado tarde. Pero en el Prólogo a su Filosofía del derecho lo dice con mucho estilo: "Cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, entonces ha envejecido una figura de la vida y, con gris sobre gris, no se deja rejuvenecer, sino sólo conocer". Esto que no parece adecuado para felicitar a alguien en su cumpleaños, me funciona ahora para explicarme.

Apenas terminó el semestre, huí hacia Oaxaca y ahora que he vuelto creo saber lo que buscaba: el delirio de la curva, el ritmo solemne de la provincia, el tiempo lento y ameno. Este último semestre del año he leído tantos intentos de explicar el Barroco que me hacía falta verlo, palparlo y maravillarme a modo de desintoxicación y de feliz recordatorio: nada se deja rejuvenecer... ¡y qué bueno que así sea! Mi experiencia fue grata, incluso antes de partir. En la sala de espera, frente al asiento que yo elegí, había publicidad turística de Puebla, la imagen emblemática resultaba ser nada menos que la barandilla de la Casa del Alfeñique. ¡Mi detalle favorito en todo Puebla! Qué buena elección de los publicistas. En esa esquina, 4 Oriente y 6 Norte, por encima incluso de los chiles en nogada, de los tacos árabes, del mole o de las cemitas, yo encuentro la singularidad de Puebla y de ese concepto, también gris, que se ha dado en llamar "barroco mexicano". Esa barandilla es como una melodía ágil y caprichosa... Pero esta entrada iba sobre Oaxaca.

Las personas me orientaban efectivamente antes de que yo lo pidiera y contestaban a mis preguntas con interés y esmero. En el centro de la ciudad, un nacimiento a medio instalar me gustó tanto que conservé la sonrisa durante toda mi caminata de un extremo al otro de los portales. Me pareció que los gestos de las esculturas adquirían un peculiar dramatismo, expectante y precioso, con la ausencia del niño.



Cerca de la catedral, una señora que no conozco ni me conoce, que nunca había visto y tal vez nunca volveré a ver, me dijo, al cruzar nuestras miradas y correspondiendo a mi sonrisa, "buenos días". ¡Qué maravilla es el lenguaje! La función fática nos impele a notar una presencia, a reconocer al otro. Me pareció aquella mañana entender los motivos de Levinas para elevar el rostro (le visage), una cosa tan ordinaria y tangible, a categoría metafísica.


Otro día, contemplando el árbol del Tule, recordé de pronto algo que me desternilló. Solamente una vez en la vida he experimentado la sensación, horrorosa y absurda, de que mi padre no me quería lo suficiente y ha sido cuando le pedí que plantáramos un ahuehuete en nuestro jardín y se negó rotundamente.



Durante mi estancia recibí en la misma noche, en el mismo bar y hasta en la misma mesa, dos elogios que atesoro: alguien me preguntó si yo era de ahí (de la ciudad de Oaxaca) y alguien más a quien yo aprecio y admiro, cuya amistad conservo desde hace ya un buen rato y que tiene cierta instrucción en el caso dijo que yo estaba tomando buenas fotografías. Desde luego no puedo tomarme tan literalmente esto último. Pero el elogio reside en la refracción que el cariño llega a producir hasta en las personas más avispadas.


La vida, mientras ocurre, no tiene ningún sentido y si lo tiene, a mí se me escapa. Quiero decir que mientras pasaba todo esto que os cuento, yo no entendía nada, no sabía bien qué es lo qué estaba haciendo y ni siquiera si estaba haciendo algo, o no, ni por qué. Creo que la respuesta a estas preguntas se encuentra o se imagina siempre tarde, en el recuerdo o en el recuento. En fin, que Mefistófeles tenía razón y por eso, todavía hoy, existe esta bitácora.

jueves, 17 de diciembre de 2015

En teniéndome aquí huiendo parte



Música de fondo: Naranjo en Flor (2015) de Liuba María Hevia. (Nótese que esta vez no he escrito "ruido"; ese álbum es de lo mejor que he escuchado este año.) Fui a Oaxaca y llevaba en la maleta cuatro ejemplares de El hombre de la situación de Manuel Payno. Alguien me ha dicho que esa es la mejor novela mexicana del siglo XIX. Bien me sé que con ese juicio obstinado solamente me ha querido decir que la novela le ha gustado mucho. ¿Y a quién no? Para muestra, una cita textual:
 
¿Qué cosa es mejor y más preferible: el gazpacho y los chorizos de Extremadura, del tiempo virreinal; los chiles rellenos y la carne frita de la Independencia, o las papas al vapor y la carlota rusa de la República? Tened muy en cuenta, lectores, que estos manjares representan tres edades, tres épocas distintas, y que simbolizan quizá la paciencia de los antiguos, el ardor y la constancia de nuestros padres y el desorden y vanidad nuestra. 


Pues en este desorden y vanidad mía, los primeros días de mis vacaciones los he pasado comiendo delicias, visitando iglesias, tomando fotografías y bebiendo café. Han sido además días de encuentros y re-encuentros felices con añejas amistades de mi época de estudiante de Filosofía. Parece que Oaxaca es un destino popular entre nosotros.

Cierta mañana, caminando por el centro de Oaxaca capital, fui a dar al paraninfo de la Facultad de Derecho. El edificio, aunque pequeño, me recordó mucho al Colegio de San Ildefonso. Quedé encantada: Juárez, por supuesto; el liberalismo en México; el Instituto de Ciencias y Artes (¡menudo nombre!) la arquitectura del s. XVIII; el intento de positivismo (amor, orden y progreso); la nomenclatura "Colegio civil"; la presencia ardiente de Vasconcelos...  y, por encima de todo, he pensado en junio de 2001 y me abruma una pregunta, "¿por qué alguien querría incendiar todo esto?"


También fui a Mitla y a Hierve el agua (se pronuncia: yervelagua). La compañía fue un agasajo absoluto. Primero encontré a un joven peruano, estudiante de intercambio, me compartió sus impresiones de México que básicamente se pueden resumir en una frase dichosa de Huidobro: "Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte".


Compartía mi asiento con una joven pareja que hablaba de Dostoyevsky; con su charla llamaron la atención de quien iba sentado frente a mí, un señor ruso, profesor de arte, que se comunicaba en inglés e italiano. Ya éramos cinco. Nos dimos la mano todos con todos: había mucha empatía. "Dostoyevsky nos ha unido", les dije. En algún momento nos quedamos en silencio y el profesor me confesó, casi en secreto, que él prefería a Gogol, "aunque Gogol --me indicó-- ni siquiera es ruso; es ucraniano". También me enseñó la correcta pronunciación de Гоголь. Yo me sentí tan en confianza que le expuse mi teoría del tiempo y las afinidades electivas.


Me persuado cada vez más de que hay autores que pueden brindarnos cosas preciosas si los encontramos en el tiempo adecuado. Si los encontramos temprano, no estamos en condiciones de recibir el tesoro; si los encontramos tarde, el tesoro se ha devaluado y es posible que ya no nos sirva ni nos impresione. Estos autores son agotables aun si los encontramos en el momento adecuado: un tiempo los amamos, nos colman y nos entusiasman, pero llega un día en que ya no tienen nada para darnos y hay que dejarlos pasar. Si se quedan, el amor y el entusiasmo del momento dichoso se tornan pura incomprensión y malestar. Hay otros, los menos, a los que siempre llegamos tarde, que lamentamos no haber encontrado antes. Entre más los leemos más nos gustan. Son inagotables y, como el vino, con el tiempo solamente nos saben mejor. A Gogol siempre se llega tarde.



Luego de algunas botellas de mezcal, llegamos a Mitla. Mitla me fascina por sus grecas, porque es un sitio segundón respecto a Monte Albán (mi irreprimible debilidad por lo segundón sigue vigente) y porque recientemente he caído en la cuenta de que la muerte y los muertos gozaban de una vitalidad intensísima en la mentalidad precolombina. Bueno, las cosas no han cambiado tanto.


Hace algunos meses memoricé unos versos porque estaba segura de que en mi examen de Literatura Prehispánica se me iba a solicitar un ejemplo de difrasismo en la literatura náhuatl.
Estoy ebrio, lloro, sufro,
Sé, digo, pienso:
Que yo nunca muera, que yo nunca perezca.
Que allá donde no hay muerte, allá donde se vence
allá vaya yo…!
Que yo nunca muera, que yo nunca perezca.

¡Cuánta belleza! Se me ocurre que hace falta amar mucho la vida para tener anhelo de eternidad. O tal vez no, tal vez el portento pertenezca a quienes nos conformamos con lo que hay. ¿Quién sabe?

Mi experiencia en Hierve el agua fue, cuando menos, curiosa. Había demasiados visitantes, se hacía tarde y todos parecíamos muy cansados. El paisaje era impresionante: cascadas petrificadas, acantilados, el valle y sus montañas con decenas de turistas hacinados en la piscina ensayando selfies. Con todo, conseguí ahí un par de fotografías que no me disgustaron.


De regreso a Oaxaca capital, antes de que todo el mundo se quedara dormido, los extranjeros me solicitaron recomendaciones de dramaturgos. Mencioné tres nombres: Ramón María del Valle-Inclán, Antonio Buero-Vallejo y Juan Mayorga. Anoté muy enfáticamente: "después de Calderón". Prometieron leerlos a todos; quise creerles. Me quedé pensando: "¿es que no podemos hablar de algo que no sea literatura?" No, no pudimos.


Apenas llegué al Centro Histórico, corrí al Museo de los Pintores Oaxaqueños a encontrarme con M. La coincidencia más feliz y la charla más deliciosa de todo el viaje. Y así se me fue la noche.


Luego fui a la playa. Mi idea de pasarlo bien en la playa es una tormenta invernal en Lima, un norte en Veracruz, un frente frío en Mazatlán, cosas así... Fui a Huatulco porque E me pidió que preparara algo que enseñarles a sus estudiantes de la secundaria "José Vasconcelos", la tal escuela se ubica en Santa María Huatulco. Leímos y analizamos dos sonetos petrarquistas. E temía que fuera un tema demasiado especializado, pero yo estaba segura de que funcionaría. ¿Qué puede interesar más a un adolescente hormonoso que el Amor hereos? Funcionó.



I’ mi son un che, quando
Amor mi spira, note, e a quel modo
ch’ e’ ditta dentro vo significando. 



Así cantaba Dante y yo seguía hablando de Literatura. Al siguiente día, H se nos unió. La abracé con todas mis fuerzas y le di el último ejemplar que me quedaba de El hombre de la situación. La noté infinitamente más hábil que yo en esto de dar clases a adolescentes. Así que ayudé en lo que pude y, cuando vi que no tenía nada más que hacer, tomé mi cámara y retomé el vagabundeo. 



En teniéndome aquí huiendo parte
desamparando al alma en este aprieto...

martes, 10 de noviembre de 2015

Por decir lo menos

Hoy me he reunido con alguien a quien no veía desde hace un par de años. Le escribí hace unos meses y recibí una respuesta deliberadamente vaga. Yo sé de respuestas deliberadamente vagas porque recurro a ellas con más frecuencia de la que yo misma quisiera; bien me sé que son un "no me da la gana de articular una respuesta precisa o siquiera coherente". Entonces no quise averiguar más. Me cuenta que no lo ha pasado bien. Pero parece dispuesta a la restauración y eso me deja satisfecha.

El semestre se agota y, con prudencia y disciplina, debería organizar mi tiempo y mis lecturas. Si a partir de ahora escribiera una cuartilla al día, podría concluir tranquilamente por lo menos uno de mis cursos. 

La pugna entre mi ñoñez y mi desidia es inagotable. Ayer terminé de escribir un ensayo de camino a la Universidad. No creáis que no me da vergüenza hacer esas cosas. Terminé in media res. La introducción y la conclusión las había escrito la madrugada del mismo lunes. Cuando escribo de prisa no puedo mantener el tono formal y me permito escribir mucha trivialidad. Apenas deposité mi ensayo en las manos de mi Prof., recordé que había entrecomillado "erótica" en la frase: "poesía erótica, por decir lo menos". El contexto era una referencia a la libertad temática del modernismo y yo decía que una de las cumbres de esa libertad fue, en México, Salvador Díaz Mirón con su poesía "erótica", por decir lo menos. Qué risa. Todo eso para no escribir "pornográfica".

Improvisaciones como la de ayer me dejan resaca moral. Y yo soy de las personas que dan lo mejor de sí mismas en la resaca (estoy citando a alguien, pero no recuerdo a quién). Así que hoy me levanté más temprano de lo normal y me refugié en la biblioteca. Revisaba con mucho empeño El condenado por desconfiado cuando un súbito espanto me invadió. Había dejado escapar la oportunidad de citar en mi precario ensayo aquel: “Nuestro tiempo, devoto de la ignorante superstición de la originalidad” que dice Borges en el "Prólogo" a su Antología poética de Quevedo. Quedé triste y sin ánimo para hacer nada más. En el estacionamiento me encontré con esto, "dulce mariposa invisible...". Y me reconcilié con Darío y los modernistas todos, con su pornografía y su mitomanía y también conmigo misma.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los puntos sobre las íes



Dog days are over en el ruido de fondo. Hoy he claudicado. El viaje de regreso a casa me agotó y hacia las dos de la tarde, mientras trataba de estudiar las figuras retóricas de La dama boba, me quedé dormida. Cuando desperté, faltaba poco menos de una hora para mi clase y me sentía más cansada que antes de dormirme. Consideré beber un poco de café o una versión vicaria. Yo no creo que un cappuccino sea, en sentido estricto, café. El americano llega a ser café dependiendo de la calidad del grano, del tipo de molido... Trataba de engañarme con un chabacano deslinde del ser y la esencia del café hasta que decidí que si iba a ceder, debía valer la pena. Sobre todo, debía ser eficaz y rehabilitarme para mi clase. Abrí la alacena, saqué mi pequeño costal de márago y empecé el ritual. ¡Del atormentado de Pavese ni me acordé! No me siento tan culpable. En diez minutos estaba lista para mi clase. Me gusta mucho dar clases.

No había trabajado con niños desde mi época de servicio social, cuando me divertía horrores y descubrí, con ayuda de Lydia, mi talento para las manualidades escolares. Solía compartir mis dificultades con mis amigos de la Facultad. El asunto más largo de resolver fue con alguien que no podía distinguir entre p, q, b y d. Pero lo más dramático, para mí, fue una niña que confundía la l con la i y la que le hice notar "los puntos sobre las íes". Dulce me preguntó alarmada,"¿y qué tal si no sabe lo que es un punto?" Y yo, doblemente alarmada, pensé para mí: "Seguro que mi pequeña alumna no conoce la noción bergsoniana de punto, ni la definición euclidiana (¡tan complicada y abstracta si se mira bien!)". No pude dormir esa noche. Pero al día siguiente mi alumna distinguía la i de la l y sabía que la primera era vocal y la segunda consonante. Y yo, ese día, no precisaba de nada más para ser feliz.

martes, 21 de julio de 2015

Justo Sierra 16




La Coordinación de Servicios Pedagógicos del Antiguo Colegio de San Ildefonso me envió un ultimátum... San Ildefonso es mi museo predilecto en Ciudad de México, ¡y no es poco decir! Pero ocurre que al mínimo descuido, la rutina aventaja todo. Hoy he comparecido. Justo Sierra, 16. Llegué sin ocuparme especialmente del trayecto. Cuando entré, una inmensa fila me recordó que era martes. Me identifiqué y subí la escalera. En el primer descansillo pude ver a través de la baranda que un joven, cámara al cuello, miraba con tristeza los postes separadores con cinta extensible que indican, en el pie de la escalera, que esa sección está restringida a los visitantes. Y, aunque me hubiera gustado explicarle que no es gran cosa lo que se puede ver en esta área, me sentí afortunada. Agotado mi asunto, recorrí la sección en la que sí hay, y mucho, qué ver.



Cuando era niña y comenzaba a vislumbrar qué lugar era ese, el conjunto de "La bienvenida", "Masacre en el Templo Mayor" y "La fiesta de Nuestro Señor de Chalma" me parecía el rincón más irónico de la ciudad. Luego he comprendido que rincones como esos hay muchos y no dejan de aparecer otros y que este no es el más triste. Después de Pasado inmediato, El Generalito me resulta casi un lugar sagrado. Y todavía me conmueve la placa más escueta del museo: "Escuela Nacional Preparatoria".




Hoy por primera vez atendí a un detalle en la obra de Orozco. En "Cortés y la Malinche" todos están desnudos. Y aunque él la sujeta de una mano, acomete vanamente asirla con la otra. Intenté encontrar el gesto pasivo que le adjudican a ella y todo lo que hallé fue una actitud remisa. La historia de Malintzin, tal como Bernal la cuenta en apenas unas líneas es lacerante... Esa mano izquierda de Cortés queriendo sujetarlo todo me recordó su emblema. Nunca he sabido qué pensar de ese emblema; me desternilla (Pretender ceñir a la diosa Fortuna... Qué osado. O qué tonto). Y el fraile que abraza a una piltrafa de la que ni siquiera se nos da un rostro, como tampoco se nos da el de la persona a quien Cortés aplasta con el pie derecho.


Y en el camino de vuelta... la estatua de Vasconcelos. Guardo la sospecha de que Reyes enviaba a Vasconcelos sus obras con las dedicatorias más atentas y más amabilísimas de cuantas escribía. "Nada, ni tu mismo, ni nadie, podrá separarnos nunca". Y, como es habitual en Reyes, describe el perfil exacto: "Siempre varonil y arrebatado, lleno de cumbres y abismos, este hombre extraordinario, tan parecido a la tierra mexicana, deja en la conciencia nacional algo como una cicatriz de fuego".

¿Conciencia nacional? ¿Cicatriz de fuego? Era otra época. Era el 27 de octubre de 1947

Mi querido, mi incomparable José:

Te veo de cuerpo entero en la recordación que dedicas en el Todo del 30 del actual a mi hermano Rodolfo. Le he leído con profunda emoción, sabedor como ninguno de todo el peso de lo que expresas y de lo que callas. No encuentro modo de agradecerte, y a ti eso ni falta te hace. Pero quiero decirte que aprecio tu testimonio de hombre honrado y superior en lo muchísimo que vale. Eres decididamente el hombre de las cosas definitivas, superior a las contingencias y a las mesquindades. Te quiere tu viejo y fraternal

ALFONSO REYES

* * *

Frente a la verdadera entrada del museo, esa que ahora está cancelada, en un ventanal de la calle de San Ildefonso, un hombre dormía. Se me ocurre a veces que la fotografía es un confortable sistema de interpretación del mundo.


miércoles, 30 de julio de 2014

Pátzcuaro

Pátzcuaro, 2007
Hace tres meses, C me habló de Pátzcuaro --de su historia y sus recintos-- con la euforia de un enamorado. Así que he vuelto a esta ciudad para mirarla a la luz de todo lo que C me ha compartido. Han sido cuatro días extraordinarios de grata compañía, de descubrimientos felices y de recuerdos espléndidos. También de lluvias torrenciales, como esta que ahora golpea las ventanas, y de Luna menguante.

Es impresionante todo lo que se puede distinguir de una ciudad a partir de aquello que conserva y deja de conservar. Es una cuestión externa, de la vida social, de la situación material y moral. Somos lo que queremos. Pero divago.

Lo que quería decir es que C me explicó la fundación de la ciudad, sus vínculos con el Humanismo renacentista, con la disciplina jesuita y con la embriaguez del Barroco, para luego resumir todo en una frase bíblica: "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas". Feliz en el presente.

jueves, 3 de julio de 2014

Las fechas



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