¿Qué cosa es mejor y más preferible: el gazpacho y los chorizos de Extremadura, del tiempo virreinal; los chiles rellenos y la carne frita de la Independencia, o las papas al vapor y la carlota rusa de la República? Tened muy en cuenta, lectores, que estos manjares representan tres edades, tres épocas distintas, y que simbolizan quizá la paciencia de los antiguos, el ardor y la constancia de nuestros padres y el desorden y vanidad nuestra.
Pues en este desorden y vanidad mía, los primeros días de mis vacaciones los he pasado comiendo delicias, visitando iglesias, tomando fotografías y bebiendo café. Han sido además días de encuentros y re-encuentros felices con añejas amistades de mi época de estudiante de Filosofía. Parece que Oaxaca es un destino popular entre nosotros.
Cierta mañana, caminando por el centro de Oaxaca capital, fui a dar al paraninfo de la Facultad de Derecho. El edificio, aunque pequeño, me recordó mucho al Colegio de San Ildefonso. Quedé encantada: Juárez, por supuesto; el liberalismo en México; el Instituto de Ciencias y Artes (¡menudo nombre!) la arquitectura del s. XVIII; el intento de positivismo (amor, orden y progreso); la nomenclatura "Colegio civil"; la presencia ardiente de Vasconcelos... y, por encima de todo, he pensado en junio de 2001 y me abruma una pregunta, "¿por qué alguien querría incendiar todo esto?"
También fui a Mitla y a Hierve el agua (se pronuncia: yervelagua). La compañía fue un agasajo absoluto. Primero encontré a un joven peruano, estudiante de intercambio, me compartió sus impresiones de México que básicamente se pueden resumir en una frase dichosa de Huidobro: "Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte".
Compartía mi asiento con una joven pareja que hablaba de Dostoyevsky; con su charla llamaron la atención de quien iba sentado frente a mí, un señor ruso, profesor de arte, que se comunicaba en inglés e italiano. Ya éramos cinco. Nos dimos la mano todos con todos: había mucha empatía. "Dostoyevsky nos ha unido", les dije. En algún momento nos quedamos en silencio y el profesor me confesó, casi en secreto, que él prefería a Gogol, "aunque Gogol --me indicó-- ni siquiera es ruso; es ucraniano". También me enseñó la correcta pronunciación de Гоголь. Yo me sentí tan en confianza que le expuse mi teoría del tiempo y las afinidades electivas.
Me persuado cada vez más de que hay autores que pueden brindarnos cosas preciosas si los encontramos en el tiempo adecuado. Si los encontramos temprano, no estamos en condiciones de recibir el tesoro; si los encontramos tarde, el tesoro se ha devaluado y es posible que ya no nos sirva ni nos impresione. Estos autores son agotables aun si los encontramos en el momento adecuado: un tiempo los amamos, nos colman y nos entusiasman, pero llega un día en que ya no tienen nada para darnos y hay que dejarlos pasar. Si se quedan, el amor y el entusiasmo del momento dichoso se tornan pura incomprensión y malestar. Hay otros, los menos, a los que siempre llegamos tarde, que lamentamos no haber encontrado antes. Entre más los leemos más nos gustan. Son inagotables y, como el vino, con el tiempo solamente nos saben mejor. A Gogol siempre se llega tarde.
Luego de algunas botellas de mezcal, llegamos a Mitla. Mitla me fascina por sus grecas, porque es un sitio segundón respecto a Monte Albán (mi irreprimible debilidad por lo segundón sigue vigente) y porque recientemente he caído en la cuenta de que la muerte y los muertos gozaban de una vitalidad intensísima en la mentalidad precolombina. Bueno, las cosas no han cambiado tanto.
Hace algunos meses memoricé unos versos porque estaba segura de que en mi examen de Literatura Prehispánica se me iba a solicitar un ejemplo de difrasismo en la literatura náhuatl.
Estoy ebrio, lloro, sufro,Sé, digo, pienso:Que yo nunca muera, que yo nunca perezca.Que allá donde no hay muerte, allá donde se venceallá vaya yo…!Que yo nunca muera, que yo nunca perezca.
¡Cuánta belleza! Se me ocurre que hace falta amar mucho la vida para tener anhelo de eternidad. O tal vez no, tal vez el portento pertenezca a quienes nos conformamos con lo que hay. ¿Quién sabe?
Mi experiencia en Hierve el agua fue, cuando menos, curiosa. Había demasiados visitantes, se hacía tarde y todos parecíamos muy cansados. El paisaje era impresionante: cascadas petrificadas, acantilados, el valle y sus montañas con decenas de turistas hacinados en la piscina ensayando selfies. Con todo, conseguí ahí un par de fotografías que no me disgustaron.
Apenas llegué al Centro Histórico, corrí al Museo de los Pintores Oaxaqueños a encontrarme con M. La coincidencia más feliz y la charla más deliciosa de todo el viaje. Y así se me fue la noche.
Luego fui a la playa. Mi idea de pasarlo bien en la playa es una tormenta invernal en Lima, un norte en Veracruz, un frente frío en Mazatlán, cosas así... Fui a Huatulco porque E me pidió que preparara algo que enseñarles a sus estudiantes de la secundaria "José Vasconcelos", la tal escuela se ubica en Santa María Huatulco. Leímos y analizamos dos sonetos petrarquistas. E temía que fuera un tema demasiado especializado, pero yo estaba segura de que funcionaría. ¿Qué puede interesar más a un adolescente hormonoso que el Amor hereos? Funcionó.
I’ mi son un che, quando
Amor mi spira, note, e a quel modo
ch’ e’ ditta dentro vo significando.
Así cantaba Dante y yo seguía hablando de Literatura. Al siguiente día, H se nos unió. La abracé con todas mis fuerzas y le di el último ejemplar que me quedaba de El hombre de la situación. La noté infinitamente más hábil que yo en esto de dar clases a adolescentes. Así que ayudé en lo que pude y, cuando vi que no tenía nada más que hacer, tomé mi cámara y retomé el vagabundeo.
En teniéndome aquí huiendo parte
desamparando al alma en este aprieto...
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