martes, 21 de julio de 2015

Justo Sierra 16




La Coordinación de Servicios Pedagógicos del Antiguo Colegio de San Ildefonso me envió un ultimátum... San Ildefonso es mi museo predilecto en Ciudad de México, ¡y no es poco decir! Pero ocurre que al mínimo descuido, la rutina aventaja todo. Hoy he comparecido. Justo Sierra, 16. Llegué sin ocuparme especialmente del trayecto. Cuando entré, una inmensa fila me recordó que era martes. Me identifiqué y subí la escalera. En el primer descansillo pude ver a través de la baranda que un joven, cámara al cuello, miraba con tristeza los postes separadores con cinta extensible que indican, en el pie de la escalera, que esa sección está restringida a los visitantes. Y, aunque me hubiera gustado explicarle que no es gran cosa lo que se puede ver en esta área, me sentí afortunada. Agotado mi asunto, recorrí la sección en la que sí hay, y mucho, qué ver.



Cuando era niña y comenzaba a vislumbrar qué lugar era ese, el conjunto de "La bienvenida", "Masacre en el Templo Mayor" y "La fiesta de Nuestro Señor de Chalma" me parecía el rincón más irónico de la ciudad. Luego he comprendido que rincones como esos hay muchos y no dejan de aparecer otros y que este no es el más triste. Después de Pasado inmediato, El Generalito me resulta casi un lugar sagrado. Y todavía me conmueve la placa más escueta del museo: "Escuela Nacional Preparatoria".




Hoy por primera vez atendí a un detalle en la obra de Orozco. En "Cortés y la Malinche" todos están desnudos. Y aunque él la sujeta de una mano, acomete vanamente asirla con la otra. Intenté encontrar el gesto pasivo que le adjudican a ella y todo lo que hallé fue una actitud remisa. La historia de Malintzin, tal como Bernal la cuenta en apenas unas líneas es lacerante... Esa mano izquierda de Cortés queriendo sujetarlo todo me recordó su emblema. Nunca he sabido qué pensar de ese emblema; me desternilla (Pretender ceñir a la diosa Fortuna... Qué osado. O qué tonto). Y el fraile que abraza a una piltrafa de la que ni siquiera se nos da un rostro, como tampoco se nos da el de la persona a quien Cortés aplasta con el pie derecho.


Y en el camino de vuelta... la estatua de Vasconcelos. Guardo la sospecha de que Reyes enviaba a Vasconcelos sus obras con las dedicatorias más atentas y más amabilísimas de cuantas escribía. "Nada, ni tu mismo, ni nadie, podrá separarnos nunca". Y, como es habitual en Reyes, describe el perfil exacto: "Siempre varonil y arrebatado, lleno de cumbres y abismos, este hombre extraordinario, tan parecido a la tierra mexicana, deja en la conciencia nacional algo como una cicatriz de fuego".

¿Conciencia nacional? ¿Cicatriz de fuego? Era otra época. Era el 27 de octubre de 1947

Mi querido, mi incomparable José:

Te veo de cuerpo entero en la recordación que dedicas en el Todo del 30 del actual a mi hermano Rodolfo. Le he leído con profunda emoción, sabedor como ninguno de todo el peso de lo que expresas y de lo que callas. No encuentro modo de agradecerte, y a ti eso ni falta te hace. Pero quiero decirte que aprecio tu testimonio de hombre honrado y superior en lo muchísimo que vale. Eres decididamente el hombre de las cosas definitivas, superior a las contingencias y a las mesquindades. Te quiere tu viejo y fraternal

ALFONSO REYES

* * *

Frente a la verdadera entrada del museo, esa que ahora está cancelada, en un ventanal de la calle de San Ildefonso, un hombre dormía. Se me ocurre a veces que la fotografía es un confortable sistema de interpretación del mundo.


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