Dog days are over en el ruido de fondo. Hoy he claudicado. El viaje de regreso a casa me agotó y hacia las dos de la tarde, mientras trataba de estudiar las figuras retóricas de La dama boba, me quedé dormida. Cuando desperté, faltaba poco menos de una hora para mi clase y me sentía más cansada que antes de dormirme. Consideré beber un poco de café o una versión vicaria. Yo no creo que un cappuccino sea, en sentido estricto, café. El americano llega a ser café dependiendo de la calidad del grano, del tipo de molido... Trataba de engañarme con un chabacano deslinde del ser y la esencia del café hasta que decidí que si iba a ceder, debía valer la pena. Sobre todo, debía ser eficaz y rehabilitarme para mi clase. Abrí la alacena, saqué mi pequeño costal de márago y empecé el ritual. ¡Del atormentado de Pavese ni me acordé! No me siento tan culpable. En diez minutos estaba lista para mi clase. Me gusta mucho dar clases.
No había trabajado con niños desde mi época de servicio social, cuando me divertía horrores y descubrí, con ayuda de Lydia, mi talento para las manualidades escolares. Solía compartir mis dificultades con mis amigos de la Facultad. El asunto más largo de resolver fue con alguien que no podía distinguir entre p, q, b y d. Pero lo más dramático, para mí, fue una niña que confundía la l con la i y la que le hice notar "los puntos sobre las íes". Dulce me preguntó alarmada,"¿y qué tal si no sabe lo que es un punto?" Y yo, doblemente alarmada, pensé para mí: "Seguro que mi pequeña alumna no conoce la noción bergsoniana de punto, ni la definición euclidiana (¡tan complicada y abstracta si se mira bien!)". No pude dormir esa noche. Pero al día siguiente mi alumna distinguía la i de la l y sabía que la primera era vocal y la segunda consonante. Y yo, ese día, no precisaba de nada más para ser feliz.
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