lunes, 30 de diciembre de 2013

Polvo, ceniza y nada

Toledo, la inexpugnable

Se dice que Proust escribió que el único verdadero viaje de descubrimientos no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos. Pero Proust no escribió "nuevo ojos", sino "otros ojos". Creo que es la misma cosa de "el fin justifica los medios" que Maquiavelo nunca escribió y de "el que canta ora dos veces" que se atribuye a Agustín y que, por más que le doy vueltas y vueltas a las Obras Completas, nunca he podido hallar.

"Canta, oh Musa, los celos y el snobismo..." Ya está. Aunque Proust no formuló la frase sobre los nuevos paisajes y los nuevos ojos, sirve para explicar-me. Estoy emocionada hasta la embriaguez. Nihil novum sub sole. Tres veces había visto una famosa lápida en Córdoba. Pero ayer la entendí y fue como contemplarla por primera vez. Polvo, ceniza y nada... ¡Y todo! Porque el escepticismo judaizante ibérico es el filón que lleva a tres de mis más grandes pasiones: Siglo de Oro, mística española y Barroco novohispano. Fetichista que es una.



Y extraño mucho a mi madre. Recuerdo que mi mamá hablaba de "Bola de sebo" desde que yo tenía siete años y, como era el pretexto para hablar mal de mi papá, me irritaba mucho, me indignaba. La extraño, sobre todo, porque a lo largo de una semana nadie me ha contrariado; ¡ni siquiera Rodrigo! Y mi madre lo hace sistemáticamente. Al punto que, si lee esto, alegará que no es así, que soy yo quien la contradice sistemáticamente a ella...

Ayer recibí un mensaje extraño: "Hola, Juanita. Me parece que no celebras el Año nuevo pero..." Fue impresionante. No recuerdo haber expresado algo semejante. Si algo me parece digno de celebrar es que todo pasa y que todo, todo, se acaba. Las bajas de este año son todavía un dolor punzante. Pero eso también lo celebro.

Y nada. Quiero agradeceros porque hemos llegado juntos hasta aquí.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Vuelve la pesadilla

Es 27 de diciembre y yo sigo siendo la cosa más ñoña que conozco. Para sobrellevar la disritmia circadiana y un estúpido terror --que el café se termine--, voy a transcribir fragmentos de las dos últimas páginas de El cielo no se abre, la semblanza que Curiel escribió sobre Reyes. Reyes, Re-y-es... todos los caminos me llevan a Reyes estos días. Vuelve la pesadilla.

(Trataré de emular el artificio tipográfico de Curiel.) 

El perfume de las orquídeas se le fija en la piel durante días enteros y, en el sol rabioso de Río, él sigue viendo la luz lunar... ¿Él?... ¿Quién?... Desvincularse de México... El enigma del padre... Anticiparse al destino.


Ay, dislalia, dislocación, dislocadura, dismnesia, mengua.

(...) 


Deja de contemplar el escritorio, lecho de placer, máquina de tormentos... Gira la cabeza... En la pared se dibujan, animadas, vívidas, las brumas de un verde indescriptible... Asoma la proa de la barca que avanza despaciosa, meciéndose, cabeceando, hendiendo la corriente de espumas negras... Columbra al remero... Viene de lejos, de París, Creta, Burdeos y San Sebastián, de Burgos y Toledo, viene de Deva veraniega, de Atenas, de Monterrey, de su río extraño y bíblico, viene de El Mirador de la Montaña, de Buenos Aires y Río, enero espeso de aromas, río enamorado... Viene a buscarle... Como a Chucho y a Antonio, a Ricardo y a Pepe... Al General... Adiós Julio enemistado... Adiós Martín turbador... Fango, pobre. 

Dejé de respirar a las 7:30 de la mañana del día 27. Manuela y mi hijo habían pasado la noche en vela. El 28 trasladaron mi cadáver a El Colegio Nacional, luego al Congreso y, por último, a la Rotonda de los Hombres Ilustres. Lo enterraron al lado del de Jesús Urueta. Me lo imaginé revolviéndose por culpa de los oradores: Torres Bodet, Chávez, González Casanova, Carrillo, Castro Leal, excelentes pero fríos. Jesús hubiera hecho que enmudecieran las frondas del bosque de Chapultepec. 

Nadie más viaja en la barca. 

Vuelve la pesadilla. Estoy con mis padres en Monterrey, en la casa de la calle Degollado. De pronto empiezo a crecer, a crecer delante de ellos. Los sobrepaso. Rompo con la cabeza el techo. Yo, Cuy, yo, colosal, tocando las estrellas.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Y yo me iré

Sala de espera atiborrada. Escucho Los aviones en la versión de Javier Calamaro, para motivar el viaje. Estoy de buen humor porque el inspector me asoció con la medicina. Le expliqué brevemente que el Bromuro de Pinaverio no está prohibido en España, que de forma popular se conoce como Eldicet; que tengo una vesícula biliar monstruosa; que sufro de disquinesia biliar y que no quiero que me retiren la vesícula antes de los treinta años porque quiero ser producto de la selección natural por lo menos hasta esa edad. Al final me ha preguntado si soy médico o enfermera. Rápidamente se me ocurrieron dos respuestas: "no soy nada, yo no tengo vanidad..." o, simplemente, "soy un poco hipocondriaca". Le dije: "yo estudio Literatura, pero me gusta estar al tanto de mis padecimientos".

Y me descubrí, por octava vez en el año, ocultando esa parte de mi pasado que se relaciona con el estudio de la Filosofía. Y es que la experiencia me ha mostrado que la gente guarda silencio luego de escuchar que estudio Literatura, es como si se decepcionara. Pero si digo que estudié Filosofía, se entusiasman y me agobian con preguntas...

En fin, acá estoy. Hablando de hipocondriacos, tal día como hoy de 1881 nació JRJ. Ayer mi papá me hizo el inmenso favor (gracias, Papito) de recordar que en mi adolescencia me gustaba declamar El viaje definitivo. ¿Quién iba a decirlo? Juan Ramón en mis gustos quinceañeros. Ya por mi cuenta he recordado que también memorizaba a Darío y a Machado, creo que me gustaba el modernismo. Los había olvidado, pero me gusta que me gustaran.

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

No sé si pueda y quiera escribir en algún momento de las siguientes dos semanas. El 25 de diciembre, cuando escuche la lectura del Prólogo del Evangelio de Juan, pensaré en todos los que habéis pasado por aquí y rezaré por vosotros.

Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ Λόγος,
καὶ ὁ Λόγος ἦν πρὸς τὸν Θεόν,
καὶ Θεὸς ἦν ὁ Λόγος.

sábado, 21 de diciembre de 2013

El mareo

"Don't you see that we're both in the same boat? Yes, and jolly sea-sick."

He escrito un ensayo contra uno de mis más rancios dogmas. Las razones por las que se tiende a apreciar más a los textos en su idioma original que a las traducciones, me parecen evidentes. Y porque me parecen evidentes sé que es uno de mis más rancios dogmas. Pero mi asunto era sobre los Traductores de Toledo y sobre sus bondades, que son igualmente evidentes. Así que tenía que intentar recorrer un camino que me llevara más allá del Traduttore, traditore. No podía salir bien. O tal vez sí. Ahora tengo mayor incertidumbre. El jueves la cosa empeoró...

Un poco de historia. El 2 de septiembre de 2009, camino a Puebla, recibí un mensaje en el que se me interrogaba sobre mis lecturas de Chesterton. ¡Qué pregunta! Venida además del mejor amigo que he tenido en Puebla, el asunto se tornaba poco más que emocionante. Dos obras encabezaban la lista que envié por respuesta: The Man who Was Thursday y Orthodoxy (por cierto, me repugna la idea de la canonización del viejo Chest). A esa lista sucedió un intercambio de mensajes que terminó cuando llegué a Puebla, pocos minutos después tenía a mi amigo "cara-a-cara" (para usar una fórmula que a él le gusta). Y descubrí que la pregunta se debía a que quería regalarme El hombre que fue jueves en la edición del Fondo de Cultura Económica, traducción y prólogo de... (¡ábranse, oh cielos, y derramen su justicia!) Alfonso Reyes.


Yo ya había leído la edición que Reyes preparó para Calleja hacia 1919. Se puede encontrar en la Biblioteca Nacional (Sí, me gustan las primeras ediciones y eso también es efecto de mi rancio dogma). Pero este año, a pocos días de mi cumpleaños, me cayó un aguacero en la esquina de Eje Central y Carranza, a tres pasos de la librería Juan José Arreola. Así que me refugié ahí y, luego de mirar y mirar, elegí tres libros y me dirigí a la caja. Ahí estaba, radiante, junto a la edición conmemorativa de Rayuela, una reimpresión de 2012 de El hombre que fue jueves. La compré, la guardé y la olvidé. Concluido mi semestre, el martes de esta semana decidí acomodar la estantería y lo hallé un poco alejado de todo lo que apesta a Alfonso Reyes: Obras completas, correspondencia y estudios críticos.

La lectura del Prólogo me hizo recordar el motivo por el que escribo una tesis sobre Alfonso Reyes. Cosa que no me viene nada mal estos días. Dos días después, el jueves, encontré un fragmento que me entusiasmo. Está al inicio del capítulo tercero, ese que nombra a todo el libro, página 44, renglón 8: "¿No ve usted que nos hemos embarcado juntos y juntos hemos de aguantar el mareo?" Quedé fascinada con ese fragmento. Y, por más que intenté, no pude recordar emoción igual de mis lecturas de la edición de Penguin Books. Hoy pude volver a casa (¡estoy de vacaciones!) y revisar la edición inglesa. La frase no está. Solamente aparece eso que figura en esta entrada como epígrafe. Hay demasiada musicalidad --Chesterton era un gran poeta-- y un remate juguetón con ese "sea-sick" en el original que se pierde en la traducción de don Alfonso. Pero Reyes la toma y la eleva, la solemniza y la castellaniza. Y me encanta.

Que Reyes, al traducir, "mejora" a los autores es algo que Borges ya había señalado a propósito de unos poemas de Mallarmé. O sea, que lo hace en francés y también en inglés. Más traidores de estos...

Con el arreglo de la estantería encontré, además, unas tarjetas que me obsequiaron, también en Puebla, en la Navidad de 2006. Están pintadas con acuarela. Esa de la imagen soy soy. Los zapatos verdes existieron. Y mis cabellos lucieron así los cuatro años que estudié Filosofía. El texto contenido en las tarjetas es precioso; me ruboriza. Pero todavía puedo aguantar el mareo. Lo que no puedo es descifrar si los textos de esas tarjetas me ruborizan porque tengo plena conciencia de que no soy digna de tantos elogios o por la impresión que me provoca la hermosura de quien me ha dibujado (en acuarela y en palabras) proyectando su propia bondad inmensa.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

En leves mundos frágiles

Romance de la luna Tucumana, Pedro Aznar y Mercedes Sosa en el ruido de fondo. Hace 62 años murió Pedro Salinas. Hace una semana, el 27 de noviembre, era su cumpleaños y empecé a escribir sobre él. Hay una carta, de las últimas que le dirigió a Katherine, desde la que se puede vislumbrar a Salinas, todo Salinas. En una sola carta aparece el enamorado que se ha conformado ya con la adversidad, el espléndido crítico literario y el poeta de la generación del 27 (incluso hay citas de Góngora). Había intentado justificar eso, pero no he pasado de la parte del enamorado resignado y lo único que he logrado es engrosar la lista de borradores de este blog.

Entonces, estoy afectada de salinidad. Hoy he pensando en una carta que había leído por vez primera hace diez años. Me identificaba con ese texto. Las cosas no han cambiado tanto. Nochebuena de 1932, Pedro a Katherine. Va un fragmento.
No quiero dejar de escribirte esta noche. No concedo importancia alguna a las fiestas, no, pero sí a las fechas. En mi casa desde niño estoy acostumbrado a no celebrar la Nochebuena. Jamás tuvimos ni cena copiosa, ni mucho menos fiesta casera. Yo, como tú sabes, me crié en casa de mis abuelos y allí dominaba un tono grave, triste, serio. Había capilla. Se rezaba a diario. La alegría se toleraba, pero no se buscaba ni mucho menos se cultivaba. Tú sabes bien que la alegría es en la clásica concepción de la vida española cosa poco respetable. En cambio las desgracias, los lutos, se conservaban en la vida a la antigua española --así en mi casa-- cuidadosamente. Suspiro contra risa. Y por eso me acostumbré desde niño a no festejar las fiestas. De adolescente, en la época del esnobismo intelectual seguí lo mismo: me parecían las fiestas de todos vulgares, groseras, pobres. Tampoco tuve fiestas después. Luego he comprendido todo lo que hay de hermoso en la idea del día festival, aunque sigo viendo el pésimo uso que los hombres hacen de ellos. Creo pues en la fiesta, pero no en su modo. El mundo moderno, tan grande en tantas cosas, no ha sabido renovar el valor de la fiesta. Total: que hoy no desdeño la fiesta, como antes, pero sigo sin celebrarla. Aunque la pienso. Pienso la fiesta.
Estoy en la FIL y, como cada año, encuentro algo abominable junto al inmenso placer que esta feria me propina. Algunas ciudades son buenas para comerciar libros, pero no para leerlos y menos para escribirlos. Goethe, que nació en Frankfurt, lo sabía bien. No digo que sea el caso de Guadalajara; no lo sé en realidad. 

Mañana os contaré de mi semestre que parece que no acabará nunca. En leves mundos frágiles hemos vivido juntos.
© Todo en el fragmento
Maira Gall