viernes, 27 de diciembre de 2013

Vuelve la pesadilla

Es 27 de diciembre y yo sigo siendo la cosa más ñoña que conozco. Para sobrellevar la disritmia circadiana y un estúpido terror --que el café se termine--, voy a transcribir fragmentos de las dos últimas páginas de El cielo no se abre, la semblanza que Curiel escribió sobre Reyes. Reyes, Re-y-es... todos los caminos me llevan a Reyes estos días. Vuelve la pesadilla.

(Trataré de emular el artificio tipográfico de Curiel.) 

El perfume de las orquídeas se le fija en la piel durante días enteros y, en el sol rabioso de Río, él sigue viendo la luz lunar... ¿Él?... ¿Quién?... Desvincularse de México... El enigma del padre... Anticiparse al destino.


Ay, dislalia, dislocación, dislocadura, dismnesia, mengua.

(...) 


Deja de contemplar el escritorio, lecho de placer, máquina de tormentos... Gira la cabeza... En la pared se dibujan, animadas, vívidas, las brumas de un verde indescriptible... Asoma la proa de la barca que avanza despaciosa, meciéndose, cabeceando, hendiendo la corriente de espumas negras... Columbra al remero... Viene de lejos, de París, Creta, Burdeos y San Sebastián, de Burgos y Toledo, viene de Deva veraniega, de Atenas, de Monterrey, de su río extraño y bíblico, viene de El Mirador de la Montaña, de Buenos Aires y Río, enero espeso de aromas, río enamorado... Viene a buscarle... Como a Chucho y a Antonio, a Ricardo y a Pepe... Al General... Adiós Julio enemistado... Adiós Martín turbador... Fango, pobre. 

Dejé de respirar a las 7:30 de la mañana del día 27. Manuela y mi hijo habían pasado la noche en vela. El 28 trasladaron mi cadáver a El Colegio Nacional, luego al Congreso y, por último, a la Rotonda de los Hombres Ilustres. Lo enterraron al lado del de Jesús Urueta. Me lo imaginé revolviéndose por culpa de los oradores: Torres Bodet, Chávez, González Casanova, Carrillo, Castro Leal, excelentes pero fríos. Jesús hubiera hecho que enmudecieran las frondas del bosque de Chapultepec. 

Nadie más viaja en la barca. 

Vuelve la pesadilla. Estoy con mis padres en Monterrey, en la casa de la calle Degollado. De pronto empiezo a crecer, a crecer delante de ellos. Los sobrepaso. Rompo con la cabeza el techo. Yo, Cuy, yo, colosal, tocando las estrellas.

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