lunes, 30 de junio de 2014

La niña sabe


Me fascinan los hidrometeoros... "aborrecemos en la noche lo que amamos por la mañana". He estado considerando la relación de esa frase --Paz la usaba para explicar la crítica literaria-- con "en la noche todos somos inteligentes y en la mañana nos encontramos tontos" de Los recuerdos del porvenir.

Gérard y yo construimos, hace tiempo, una pequeña lista de títulos que se vinculan a la paradoja romántica de la "historia del futuro". Mis dos últimas aportaciones a esa lista fueron Los recuerdos... y alguna obra francesa que ahora no puedo recordar.

Me parece que hoy entendí de qué va el título de Garro y no es nada cercano a lo que antes creía. Y es tan claro, tan evidente, ¡tan moderno!, que me siento tontísima. "El porvenir era la repetición del pasado", dice el narrador hacia la mitad de la primera parte.

Voy a cumplir veintisiete. La niña sabe que a Roma se le vence con silencio.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Cualquier cielo estrellado




Cuando miro el cielo estrellado me acuerdo de Kant. Ya sé: es horrible. ¡Con tanto que hay para recordar! En España es día del padre, por ser el día de san José; acá es día del artesano, por la misma razón. Y se me ocurrió que la paternidad es más cercana a la labor artesanal que a la artística, con toda la vanidad monótona que el Renacimiento nos heredó. Y, aunque cualquier cielo estrellado es el cielo estrellado, no se mira siempre el cielo estrellado desde donde yo lo miro ahora.

martes, 18 de marzo de 2014

El volcán de nuestras pasiones


Papantla, Ver.

La semana pasada estuve trabajando duramente con el Ulysses, fue horrible . Me pasó lo mismo con Cortázar el año pasado. Es una sensación a ratos angustiosa, como estar ante el mar, un precipicio o un cuadro de Munch. No sé si a todos les ocurre lo mismo, espero que no. Pero yo me siento desbordada de una manera que, aun sin omitir la belleza de lo contemplado, nunca ha llegado a ser agradable y es algo más próximo al miedo y a la rabia de no entender y de quedarse pequeño. 

Todavía no sé qué pensar sobre mi trabajo. El domingo soñé que defendía con vehemencia el spinocismo de Joyce. Qué tontería.

Antes de ponerle punto final a mi análisis, comí casi medio metro de pizza y luego fui al Santiago Gutiérrez a mirar Paisajes de Aureliano Sánchez. Todo en la dulce compañía de Víctor. (¡Gracias, Vic!) Disfruté tanto las imágenes como los textos. Luis Nishizawa escribió una presentación excelente, diáfana y bella de la obra que se exhibe. Es un texto breve que hace lo que tiene que hacer: dar luz, transmitir una impresión y mostrar el valor de los objetos. Y el propio Aureliano describe su obra con esmero y honestidad. ¡La cita de Alberti al final del texto me entusiasmó!

Pero yo tenía que salir del museo, volver a casa y enfrentarme a mi problema. Me autocondicioné y me propuse: "si acabo temprano, iré al cine". Acabé poco antes de las 20:00 hrs. Mi cine favorito exhibía Les Choristes. (¿Habéis visto La Cage aux rossignols de 1945? ¡El año del fin de la guerra! Es casi un milagro.) En la sala, además de mí, estaba una señora con dos niñas muy pequeñas, nadie más. Ya sabemos que la música es estupenda y el guión es de una ternura inmensa. Pero yo no había reparado en que hay alusiones a la Résistance, en su forma mítica, absoluta y exonerante. ¡Que cada quien cree en lo que le ayuda a seguir vivo!

En fin, que lo paso bien. Me he reconciliado con el sol y estoy en Veracruz. Cuando estoy en Veracruz, pienso en Cádiz. Pero hoy que es cumpleaños de Pitol, también pienso en Vila-Matas: ¿Qué nos queda cuando estamos ya lejos de Veracruz, lejos del volcán de nuestras pasiones de antaño y, en definitiva, estamos ya muy lejos de la vida?

Anoche vi la luna llena desde Los Portales. Pensé en vosotros, pero no me atreví a sacar la cámara y disparar. Pronto lloverá.

domingo, 23 de febrero de 2014

Este morir a gotas

Ils ne bougent pas.

"Mi torpe andar a tientas por el lodo"


Llevo varios días destemplada. Ya no recuerdo bien cómo empezó todo. El insomnio de Toledo desapareció hasta los últimos días de enero. Una noche de jueves escuché algo como un latido en mi oído derecho: la alergia estaba de regreso. Después febrero, con toda la amargura de los recuerdos de hace un año y, finalmente, una infección de garganta en días de influenza me tuvo hospitalizada casi dos días. Luego me fui a descansar a la casa de mi padre. Ahí tuve una pesadilla, la peor de cuantas recuerdo.

No sé decir dónde empieza ni dónde termina. En algún momento de la madrugada de un miércoles, noté que el sueño me vencía, pero no era lo ordinario, era como si estuviera a punto de desmayarme. Me asusté un poco, pero recordé que mi presión arterial estaba muy por debajo de lo normal. Así que me resigné: perdería momentáneamente el conocimiento. Pero, ¿y luego? ¿Podría reponerme por mí misma? ¿Qué impresión se llevaría quien me encontrara? ¿Tardaría mi familia en darse cuenta? ¿Y si ya no volviera nunca? Entré en pánico y puse toda la resistencia que me fue posible (a mi entender, aquí termina la vigilia y comienza la pesadilla). De repente sentí que mi cuerpo era lanzado con fuerza en un movimiento circular ascendente que me provocó náuseas, taquicardia y sudor frío. Tuve mucho miedo de morir. Pero el problema de morir no es morir; es el dolor de los que no mueren. Así que pensaba en mi padre y escuchaba la voz de mi madre y de mi hermanita y sufría.

A veces me pregunto si recuperaré mi salud y me respondo que no, entonces me siento desdichada y estúpida.

Hoy sigo triste. En el último año de la preparatoria, había una materia en que se enseñaba Doctrina social de la Iglesia, me gustaba esa clase. El titular de la materia era un presbítero cercano a mi familia y a mí. Tenía una muletilla: a fortiori, una obsesión por la historia de las controversias teológicas que acabaron en cisma y la actitud propia y segura, a ratos engreída, de quien sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Yo lo admiraba. El miércoles encontraron su cadáver. Lo secuestraron y lo mataron... El dolor es uno y por una sola causa: él ya no está. Pero la forma atroz y violenta en que le dieron muerte me hace difícil resolver el duelo.

jueves, 13 de febrero de 2014

Mes voeux

Acambay, México

Quelque chose comme une pause dans le flux du temps où nous pouvons nous arrêter pour un instant et regarder et faire le bilan de ce que nous avons et ce qui nous manque, ce que nous avons dans la vie et ce qui nous attend… Mes voeux à vous tous chers amis!


miércoles, 29 de enero de 2014

Hasta aquí mi vida


Stillleben mit Zitrone / Willem Kalf 
Estoy en San Pedro y escribo esta entrada a ratos, mientras preparo mi desayuno. Las mandarinas no son mi fruta favorita. Las mandarinas podrían quedar segundonas respecto de los limones.
Desperté hoy y el móvil decía que era miércoles, me dije: "¡Cómo! ¡Si apenas ayer era lunes!" Luego traté de recordar qué hice ayer: filas y filas. Tristes filas, tristes, tristes.

Ciudad de México me parece ahora menos cotidiana porque un tesoro viviente, mi Tesoro, la habita. Entonces la recorro, le presto atención y la pienso. Pasé unas horas con Mauricio y se le veía feliz. Presté mucha atención a todo lo que decía y me he divertido todos los días que han seguido con dos comentarios que no hice. Los dos eran casi contra Nueva York, uno sobre el diseño urbano y otro sobre sus músicos.

El tema de estos días: lo cotidiano. Buscando Cartas a Ricardo, casi por casualidad, una lista de re-impresiones y traducciones llegó a mis manos y recordé que no terminé de leer The New York Trilogy. Entonces el jueves de la semana pasada decidí terminarlo, me tomó más días de los que imaginé porque el tópico de la ciudad que devora tiene alguna peculiaridad que todavía no logro descifrar y que ha conseguido angustiarme. Tema que, por otra parte, hace más divertidos los dos comentarios que no hice.

Empezaron las clases en la universidad y pintan de maravilla. Los asuntos son tan arduos que mientras revisaba calendarios, programas y bibliografías me dije: "hasta aquí mi vida". ¡Vuelve la pesadilla! La cuestión en una de mis materias es la novela del siglo XX. O sea que lo cotidiano seguirá siendo el tema.

jueves, 16 de enero de 2014

Re-leer

Jueves, 16 de enero de 2014. A las 10:21 terminé de leer El amor en los tiempos del cólera y ya desde las dos de la madrugada estaba convencida de que hay un verbo que no me sirve porque no sé lo que signifique o porque lo que yo creía que podía significar ya no es convincente: re-leer. No me sonrojo.

Sobre mi descripción de la obra en la entrada inmediata anterior, lo dije entonces y lo repito ahora: sabía que no sabía lo que decía. Pero no me sonrojo ni retiro nada porque toda mi palabrería es vigente. Solamente agregaré un par de cosas: hay autocrítica (clara, mordaz, brillante, ¡irónica!) en Gabo y así alcanza la redención en apenas dos líneas. Y hay temas: uno que le obsesiona al autor, la vejez, la vida que se escapa. Y otro que me entusiasma a mí: la correspondencia.

Desde los días de Toledo tengo un padecimiento que llamo "horario poblano". Una neurosis geográfica más. Cuando yo vívía en Puebla, básicamente no dormía durante las noches y leía. A veces las lecturas me ponían tan eufórica que después de unos minutos me sentía muy cansada y dormía, siempre después de las dos de la madrugada, para despertar antes de las seis de la mañana. Ni siquiera apagaba mi laptop porque apagarla durante cuatro horas me parecía una perdida de tiempo.

Ayer descubrí una tendencia de los estudiosos de Rosario Castellanos que me irrita. Y, buscando las causas, me encontré con unas cartas que me irritaron diez veces más. No encuentro la edición de estas cartas por ningún lado. Así que una emoción me reactiva y me devuelve a mi vida de veras cotidiana: persigo un libro. Y nada. Que la revisión de mis disgustos literarios anda bien.

También ayer, hallé un texto de Calvino y me sentí felizmente identificada: "Por muchos años sufrí una neurosis geográfica: era incapaz de permanecer tres días consecutivos en un lugar o ciudad". Por eso yo, maleta en mano, me dispongo a iniciar mis actividades. Hasta otra.
© Todo en el fragmento
Maira Gall