domingo, 23 de febrero de 2014

Este morir a gotas

Ils ne bougent pas.

"Mi torpe andar a tientas por el lodo"


Llevo varios días destemplada. Ya no recuerdo bien cómo empezó todo. El insomnio de Toledo desapareció hasta los últimos días de enero. Una noche de jueves escuché algo como un latido en mi oído derecho: la alergia estaba de regreso. Después febrero, con toda la amargura de los recuerdos de hace un año y, finalmente, una infección de garganta en días de influenza me tuvo hospitalizada casi dos días. Luego me fui a descansar a la casa de mi padre. Ahí tuve una pesadilla, la peor de cuantas recuerdo.

No sé decir dónde empieza ni dónde termina. En algún momento de la madrugada de un miércoles, noté que el sueño me vencía, pero no era lo ordinario, era como si estuviera a punto de desmayarme. Me asusté un poco, pero recordé que mi presión arterial estaba muy por debajo de lo normal. Así que me resigné: perdería momentáneamente el conocimiento. Pero, ¿y luego? ¿Podría reponerme por mí misma? ¿Qué impresión se llevaría quien me encontrara? ¿Tardaría mi familia en darse cuenta? ¿Y si ya no volviera nunca? Entré en pánico y puse toda la resistencia que me fue posible (a mi entender, aquí termina la vigilia y comienza la pesadilla). De repente sentí que mi cuerpo era lanzado con fuerza en un movimiento circular ascendente que me provocó náuseas, taquicardia y sudor frío. Tuve mucho miedo de morir. Pero el problema de morir no es morir; es el dolor de los que no mueren. Así que pensaba en mi padre y escuchaba la voz de mi madre y de mi hermanita y sufría.

A veces me pregunto si recuperaré mi salud y me respondo que no, entonces me siento desdichada y estúpida.

Hoy sigo triste. En el último año de la preparatoria, había una materia en que se enseñaba Doctrina social de la Iglesia, me gustaba esa clase. El titular de la materia era un presbítero cercano a mi familia y a mí. Tenía una muletilla: a fortiori, una obsesión por la historia de las controversias teológicas que acabaron en cisma y la actitud propia y segura, a ratos engreída, de quien sabe lo que tiene que hacer y lo hace. Yo lo admiraba. El miércoles encontraron su cadáver. Lo secuestraron y lo mataron... El dolor es uno y por una sola causa: él ya no está. Pero la forma atroz y violenta en que le dieron muerte me hace difícil resolver el duelo.

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