Estoy en San Pedro y escribo esta entrada a ratos, mientras preparo mi desayuno. Las mandarinas no son mi fruta favorita. Las mandarinas podrían quedar segundonas respecto de los limones.
Desperté hoy y el móvil decía que era miércoles, me dije: "¡Cómo! ¡Si apenas ayer era lunes!" Luego traté de recordar qué hice ayer: filas y filas. Tristes filas, tristes, tristes.
Ciudad de México me parece ahora menos cotidiana porque un tesoro viviente, mi Tesoro, la habita. Entonces la recorro, le presto atención y la pienso. Pasé unas horas con Mauricio y se le veía feliz. Presté mucha atención a todo lo que decía y me he divertido todos los días que han seguido con dos comentarios que no hice. Los dos eran casi contra Nueva York, uno sobre el diseño urbano y otro sobre sus músicos.
El tema de estos días: lo cotidiano. Buscando Cartas a Ricardo, casi por casualidad, una lista de re-impresiones y traducciones llegó a mis manos y recordé que no terminé de leer The New York Trilogy. Entonces el jueves de la semana pasada decidí terminarlo, me tomó más días de los que imaginé porque el tópico de la ciudad que devora tiene alguna peculiaridad que todavía no logro descifrar y que ha conseguido angustiarme. Tema que, por otra parte, hace más divertidos los dos comentarios que no hice.
Empezaron las clases en la universidad y pintan de maravilla. Los asuntos son tan arduos que mientras revisaba calendarios, programas y bibliografías me dije: "hasta aquí mi vida". ¡Vuelve la pesadilla! La cuestión en una de mis materias es la novela del siglo XX. O sea que lo cotidiano seguirá siendo el tema.

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