sábado, 28 de julio de 2012

Guardar los perros

El próximo martes mi abuelo cumplirá 90 años de vida. Lo celebraremos hoy. Toda la familia, los amigos de la familia y la familia de la familia... como cada año. El cumpleaños de mi abuelo es una especie de fiesta religiosa. El único cumpleaños que nos congrega a todos y, lo que es más asombroso, a nuestras mejores voluntades. Así que me dispongo a guardar mis perros en la azotea, como dicen que decía Goethe. Procuraré no mirar feo a nadie ni evidenciar sus imbecilidades. Comeré, sonreiré, seré amable en la conversación y diré que no puedo ingerir nada etílico porque debo cuidar mi vesícula. Y que la voluntad me dure.

Hablando de mi vesícula... tuve una pesadilla espantosa. Me hizo despertar a las dos de la madrugada. Desperté, recordé, lo analicé unos segundos, me llevé las manos a la cara y lamenté mucho que la peor pesadilla de la temporada fuera tan verosímil. Soñé la cosa más ordinaria que me ocurre cuando estoy en compañía de mi hermana. Yo trataba de hacer la simple tarea de lavar y secar unos zapatos y ella estaba ahí para decir que lo estaba haciendo mal, que debía seguir el método de ella, que yo era tonta y debía hacer exactamente lo que ella dijera. Por supuesto, yo trataba de replicar y me enojaba mucho. Desperté con acidez en el estómago, imagino que el derramamiento de bilis fue atroz. Me tomó más de una hora volver a dormir.

Y ayer soñé que estaba con Panchito, un compañero de la secundaria y la preparatoria, jugábamos o hacíamos una especie de trabajo escolar, o ambas cosas. Entonces notaba que él tenía una edición de lujo de El arte de perdurar de Hugo Hiriart, era un libro morado, bonito y grande. Le mostré a Panchito que yo tenía la edición normal (la única que en realidad existe) y que mi ejemplar estaba leído, releído, subrayado, anotado, comentado... y sí, de hecho, así está mi ejemplar.

Tengo vacaciones generalizadas: los idiomas, el violín, la universidad...

domingo, 8 de julio de 2012

Mañana

Debo acabar con la costumbre horrible de prometer cosas que no voy a cumplir. Y dada mi ignorancia, lo mejor sería dejar de prometer cosas sin más. Había prometido escribir "mañana" (y mañana viene a ser el jueves de la semana pasada) sobre mis gustos musicales en mi época adolescente. Pero el jueves me la pasé de vuelo en vuelo y tenía que escribir otras cosas. Ahora el pudor me ha invadido y ya no tengo ganas de contaros lo que iba a contaros.

¡Ah! ¡Mi pequeña sobrina terminó el pre-escolar! Se le veía feliz... y yo soy feliz si la veo feliz.

La Argentina me devuelve equilibrada, por lo menos así ha sido durante estos días. No estoy triste, ni entusiasmada. Sé más cosas sobre mí, unas que me complacen y otras que no, pero las asumo todas. Ahora sé, por ejemplo, que escribir ensayos no es algo que se me facilite y que el estilo conciso y claro de los papers me fascina.

Tengo nueva melodía en la clase de violín: El segundo acto de El lago de los cisnes. La idea es que ejecute con el violín la parte que corresponde a la mandolina, eso supone muchos movimientos trémulos, y me encantan. Ojalá que con esta melodía sí pueda: es sencilla y linda... elegante.

Estoy encantada con el libro que me regaló mi amigo Mauricio. Lo leo cada día. Fue mi acompañante predilecto en mi viaje. No he leído nada nuevo hasta ahora y leo en desorden. Busco en el índice títulos que me parezcan conocidos y me lanzo sobre las páginas indicadas. Estoy descubriendo cosas nuevas sobre lecturas viejas y tengo la sensación hermosa de entender. Castellanos me recuerda a un amado monstruo, me recuerda a Alejandro Rossi. Yo no tengo ningún amado monstruo que sea mujer...

¡Tengo veinticinco años! Y conservo la serenidad. Hala.

Y voy al hospital porque mi madre se siente mal. Hasta otra.

© Todo en el fragmento
Maira Gall