viernes, 27 de enero de 2012

Tener que entender

Hace unos días mi padre y yo hablábamos de mi sobrinita hermosa, de que un día llegó una notificación del colegio, mi niña no había querido hacer nada en la jornada escolar y, de hecho, no hizo nada. Le dije a mi papá que a mí se me había ocurrido sugerirle a mi sobrinita que cuando amaneciera sin ganas de hacer sus labores escolares, simplemente se abstuviera de asistir a la escuela; pero no lo hice porque se lo puede tomar muy en serio (y acabará pareciéndose a mí). Lo dicho entre paréntesis no se lo dije a mi papá, pero estoy segura de que lo adivinó porque me miró con ternura y sonrió mucho.

Cuando la sonrisa se le pasó, mi papá me dijo en tono muy serio: "la maestra tiene que entender que no siempre va a querer hacer lo que se le pide". Mi indignación fue mucha. ¡La maestra no tiene que entender nada! Está claro que no siempre va a querer hacer lo que se le pide, a todos nos pasa. Es mi sobris la que tiene que entender que tiene que hacer lo que se le pide, aunque no quiera, es más: sobre todo si no quiere. ¡Que para eso es la escuela! Para violentar y disciplinar. ¿Que "la maestra tiene que entender"? ¡Y lo dice un hombre que dedicó 30 años de su vida a dar clases! Toda mi indignación me la guardé, porque ya iba de salida, y me la he pensado toda una semana.

Siempre he considerado que mi padre es un don, una gracia. La oportunidad de tener un padre que entienda, no se oponga y hasta apoye la idea de que siempre hay cosas más interesantes --e importantes-- que ir a la escuela, no es algo de lo que todos podemos gozar; yo sí. Y una terrible conclusión para mí: quise, al principio, culparlo a él de mi falta de disciplina, de mi desinterés monótono, de mi estúpidez crónica... y tantos otros males que me aquejan. Pero es imposible. Imposible como pretender que yo no puedo hacer nada al respecto.

Volviendo a Madrid: ¡Romu! Es tan lúcido, tan brillante, tan grande... Llevo tres días leyendo sus publicaciones y leerlo me ayuda a entenderlo y entenderme. A mirar con gratitud los asuntos en los que nunca nos vamos a poner de acuerdo y admirar la honestidad con que dice lo que son las cosas y ordena el pequeño mundo que, por fortuna para mí, nos ha tocado compartir.

sábado, 21 de enero de 2012

Aurora

¡Otros pájaros volarán más lejos!
Gracias, Aurorita, por las horas amenas, por las sonrisas de pura felicidad y por protegerme hasta de mí.

martes, 17 de enero de 2012

Se acaba

¡Por fin! Terminé la lectura de un texto "molesto" de trescientas sesenta y seis páginas. La osadía me tomó tres días y medio. De a poco, retomo mi nivel de lectura. Me siento satisfecha, pero también sé que no es suficiente.

Las páginas de los libros son cuantificables sólo en apariencia. Una cosa es cierta: el tiempo que se invierte en ellos es irrecuperable y a veces se requiere mucha audacia para hacer que la inversión valga la pena.

(Todavía puedo recordarme, chiquitita --¡cuatro años de edad!--, leyendo las enciclopedias de mi papá. Una página me tomaba todo el día y gran parte de la noche. Seguramente no entendía nada. Pero me sentía feliz al terminarla.)

Digo que el texto fue "molesto" porque cada página me mostraba la posibilidad de escribir con claridad y distinción sobre un tema engorroso. A cada vuelta de página me decía: "tú no vas a poder, Juana". Por largos ratos el texto era redundante. No me molestó por redundante: me molestó por evidente. Me molestó porque mucho de lo que leía no se me ocurrió a mí primero.

No me quedan muchos días en Puebla y empiezo a pensar en lo que extrañaré. La señora que me atiende con cariño en el café... cómo me hará falta.
© Todo en el fragmento
Maira Gall