Mi querido Ricardo:
Aprovecho este día en que tengo máquina para escribirles de nuevo. He estado muy deprimida, pero me he dado cuenta de que no más que en México y de que mis depresiones no alcanzan hasta el punto de una crisis porque no tengo ni estímulos suficientes ni público. Eso es bueno, aunque no sé si este tipo de conocimientos podré aplicarlo en otras circunstancias, es decir, allá.
Duermo mal. Me doy cuenta de que me estoy saboteando y he decidido no hacerme ningún caso ni tenerle miedo al insomnio. Que no puedo dormir, pues leo. Me dan las dos o las tres de la mañana apagando y encendiendo la luz y por fin caigo en un sueño ligero y lleno de pesadillas. Todas conectadas con la Universidad, con actos de violencia. Por ejemplo, soñé que a Alicia Pardo iban a degradarla de no sé qué manera y tenía que atravear entre una fila de gente, para humillarla. Entonces me puse junto a ella para atravesar las dos y ser humilladas.
A esas altas horas de la noche me preocupo porque se fue María, porque Gabriel tiene gripa y se puede enfermar, porque pueden suceder tantas desgracias. Luego me doy cuenta de que lo único que estoy haciendo es sacar el bulto a mi verdadero problema, al que me tengo que enfrentar ahora sin ningún paliativo y sin ningún pretexto: ¿soy o no soy una escritora? ¿Puedo escribir? ¿Qué? Como preparar las clases me lleva mucho tiempo, voy a dedicar los fines de semana a eso, en serio. A ver qué pasa. Si no lo soy no me voy a morir por eso.
(...)
Como decía el verso de Vallejo: "Salud, mata y escribe".
Te quiero mucho y quisiera que el precio de esta intoxicación no fuera tanta soledad y tanta distancia. Pero hay que pagar lo que vale la pena. Este viaje será para bien, te lo prometo.
Rosario
