miércoles, 29 de enero de 2014

Hasta aquí mi vida


Stillleben mit Zitrone / Willem Kalf 
Estoy en San Pedro y escribo esta entrada a ratos, mientras preparo mi desayuno. Las mandarinas no son mi fruta favorita. Las mandarinas podrían quedar segundonas respecto de los limones.
Desperté hoy y el móvil decía que era miércoles, me dije: "¡Cómo! ¡Si apenas ayer era lunes!" Luego traté de recordar qué hice ayer: filas y filas. Tristes filas, tristes, tristes.

Ciudad de México me parece ahora menos cotidiana porque un tesoro viviente, mi Tesoro, la habita. Entonces la recorro, le presto atención y la pienso. Pasé unas horas con Mauricio y se le veía feliz. Presté mucha atención a todo lo que decía y me he divertido todos los días que han seguido con dos comentarios que no hice. Los dos eran casi contra Nueva York, uno sobre el diseño urbano y otro sobre sus músicos.

El tema de estos días: lo cotidiano. Buscando Cartas a Ricardo, casi por casualidad, una lista de re-impresiones y traducciones llegó a mis manos y recordé que no terminé de leer The New York Trilogy. Entonces el jueves de la semana pasada decidí terminarlo, me tomó más días de los que imaginé porque el tópico de la ciudad que devora tiene alguna peculiaridad que todavía no logro descifrar y que ha conseguido angustiarme. Tema que, por otra parte, hace más divertidos los dos comentarios que no hice.

Empezaron las clases en la universidad y pintan de maravilla. Los asuntos son tan arduos que mientras revisaba calendarios, programas y bibliografías me dije: "hasta aquí mi vida". ¡Vuelve la pesadilla! La cuestión en una de mis materias es la novela del siglo XX. O sea que lo cotidiano seguirá siendo el tema.

jueves, 16 de enero de 2014

Re-leer

Jueves, 16 de enero de 2014. A las 10:21 terminé de leer El amor en los tiempos del cólera y ya desde las dos de la madrugada estaba convencida de que hay un verbo que no me sirve porque no sé lo que signifique o porque lo que yo creía que podía significar ya no es convincente: re-leer. No me sonrojo.

Sobre mi descripción de la obra en la entrada inmediata anterior, lo dije entonces y lo repito ahora: sabía que no sabía lo que decía. Pero no me sonrojo ni retiro nada porque toda mi palabrería es vigente. Solamente agregaré un par de cosas: hay autocrítica (clara, mordaz, brillante, ¡irónica!) en Gabo y así alcanza la redención en apenas dos líneas. Y hay temas: uno que le obsesiona al autor, la vejez, la vida que se escapa. Y otro que me entusiasma a mí: la correspondencia.

Desde los días de Toledo tengo un padecimiento que llamo "horario poblano". Una neurosis geográfica más. Cuando yo vívía en Puebla, básicamente no dormía durante las noches y leía. A veces las lecturas me ponían tan eufórica que después de unos minutos me sentía muy cansada y dormía, siempre después de las dos de la madrugada, para despertar antes de las seis de la mañana. Ni siquiera apagaba mi laptop porque apagarla durante cuatro horas me parecía una perdida de tiempo.

Ayer descubrí una tendencia de los estudiosos de Rosario Castellanos que me irrita. Y, buscando las causas, me encontré con unas cartas que me irritaron diez veces más. No encuentro la edición de estas cartas por ningún lado. Así que una emoción me reactiva y me devuelve a mi vida de veras cotidiana: persigo un libro. Y nada. Que la revisión de mis disgustos literarios anda bien.

También ayer, hallé un texto de Calvino y me sentí felizmente identificada: "Por muchos años sufrí una neurosis geográfica: era incapaz de permanecer tres días consecutivos en un lugar o ciudad". Por eso yo, maleta en mano, me dispongo a iniciar mis actividades. Hasta otra.

lunes, 13 de enero de 2014

Una lectora horrible


Hoy no puedo recordar dónde dice Aristóteles algo como que los asuntos de filosofía han de ser necesariamente indefinidos. Ni dónde dice Calvino que la filosofía y la literatura son aguerridos adversarios, ni cómo se dice eso en italiano... Lo que sí recuerdo es que he prometido retomar el italiano para hacer lecturas a dos voces y también tengo que perfeccionar la técnica del arroz en grandes cantidades y aprender a inyectar. He empezado a revisar mis disgustos literarios: García Márquez, Simone de Beauvoir, etc.

Por las noches leo a Gabo; no le he dicho a nadie porque no tengo nada nuevo que comentar. Recuerdo que El amor en los tiempos del cólera me parecía menos malo que Cien años de soledad. Entonces releí El amor... Me faltan unas cien páginas para terminar y he encontrado apenas tres destellos en su narrativa y un puñado de frases impresionantes, a ratos me aburre y hacía tiempo que no leía tanta vulgaridad. Pero no es tan malo como recordaba. Soy una lectora horrible. No puedo evitar situarlo en el Boom. Lo comparo hacia arriba con Cortázar o Carpentier --no les llega ni a la suela de los zapatos-- y hacia abajo con Isabel Allende (disgusto que no llega a ser literario) y me digo: "¡Basta, Juana! Estás siendo muy cruel con Gabo". Entonces concedo: "se parece a lo peorcito de Vargas Llosa". Ay de mí.

Inicié este día con un re-encuentro feliz. Tres en uno. Para no desear. Buscaba una cita de Valéry y abrí uno de sus libros, entre las hojas estaba un separador que vinó desde Italia y que estaba al inicio de un texto sobre el traductor francés de San Juan de la Cruz. Fue una feliz vuelta: Valéry, el amigo que me regaló ese separador y una reciente obsesión: la traducción. Ñoña que es una.

Tomé una fotografía para mostrársela a mi amigo cuando le contara todo esto, la miré con el jardín de fondo y me sentí afortunada. Hace unas semanas,un taxista que se ha vuelto cotidiano, me dijo que la casa de mi padre era linda y que él en mi lugar no viviría en ningún otro lado aunque se tuviera que levantar más temprano. Nadie sabe lo que dice. 

sábado, 4 de enero de 2014

Y no hablemos de las palabras

Es tarde de sábado y he disfrutado de la compañía de mi madre. Qué delicia. Cuando yo era pequeña, y me negaba a ir a la escuela (1993-1994), tuvo que llevarme a su trabajo algunas ocasiones. Ahí conocí a Rigo, un compañero y amigo de mi madre que me resultaba fascinante. Hacía tres cosas: fumaba, cantaba y decía tonterías. En la mano derecha llevaba siempre dos cigarros encendidos. Y cuando tenía que emplear sus manos, introducía cada uno en sus conductos auditivos. Me divertía verlo "fumar por las orejas". Solía cantar "Cucurrucucu Paloma". Y en la parte de "dicen que no comía, no más se le iba en puro tomar...", yo estallaba en carcajadas. No puedo entender por qué me reía. Y después de Hable con ella entiendo menos.

A mi madre le confesé, más divertida que avergonzada, que hace un par de semanas no pude resolver una pregunta sobre gramática española que se me formuló en la clase de francés. Fue linda y me disculpó porque soy producto de la modernización educativa del periodo salinista. Y así, hoy, a mis veintiséis años aprendí --y no fue fácil-- que el pasado simple del indicativo es indefinido y el futuro simple, imperfecto. También he concluido que el indicativo es el modo del empirismo; y el subjuntivo, del racionalismo. Lenguaje quiere decir residencia en la realidad. Residencia... ¿economía? Sí: como todo. Y confirmo algo que mi Amado me hizo notar desde la segunda clase que recibí de él: no sé hablar español. Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables. Hala.
© Todo en el fragmento
Maira Gall