sábado, 4 de enero de 2014

Y no hablemos de las palabras

Es tarde de sábado y he disfrutado de la compañía de mi madre. Qué delicia. Cuando yo era pequeña, y me negaba a ir a la escuela (1993-1994), tuvo que llevarme a su trabajo algunas ocasiones. Ahí conocí a Rigo, un compañero y amigo de mi madre que me resultaba fascinante. Hacía tres cosas: fumaba, cantaba y decía tonterías. En la mano derecha llevaba siempre dos cigarros encendidos. Y cuando tenía que emplear sus manos, introducía cada uno en sus conductos auditivos. Me divertía verlo "fumar por las orejas". Solía cantar "Cucurrucucu Paloma". Y en la parte de "dicen que no comía, no más se le iba en puro tomar...", yo estallaba en carcajadas. No puedo entender por qué me reía. Y después de Hable con ella entiendo menos.

A mi madre le confesé, más divertida que avergonzada, que hace un par de semanas no pude resolver una pregunta sobre gramática española que se me formuló en la clase de francés. Fue linda y me disculpó porque soy producto de la modernización educativa del periodo salinista. Y así, hoy, a mis veintiséis años aprendí --y no fue fácil-- que el pasado simple del indicativo es indefinido y el futuro simple, imperfecto. También he concluido que el indicativo es el modo del empirismo; y el subjuntivo, del racionalismo. Lenguaje quiere decir residencia en la realidad. Residencia... ¿economía? Sí: como todo. Y confirmo algo que mi Amado me hizo notar desde la segunda clase que recibí de él: no sé hablar español. Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables. Hala.

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