No sé qué hacer. No me tolero ante mi hermana; sus imbecilidades, que invariablemente acaban siendo las mías, me llevan a patetismos extremos. Mi hermana me enfada muchísimo con muy poco. Me hace segregar bilis --¡y lágrimas!-- y esta situación me está deteriorando y me siento sumamente inepta.
Y entre tanta estupidez, mis amigos; sabios que me confortan y me ayudan a ver lo ridículo de mi situación.
Mi madre me ha dado a beber el té más amargo que he probado en mi vida, lo preparó con artemisia absinthium que es otro nombre para la hierba santa, el ajorizo, el asensio o el ajenjo. Avicena, persa maravilloso, neoplatónico que leyó mucho a Aristóteles y, aun así, creía que la existencia es un predicado accidental... Avicena, como Aristóteles, era médico y escribió que la artemisia sirve "para calmar a las mujeres agrias y biliosas". Pobres hombres agrios y biliosos, para ellos no hay remedio.
Lo bueno de dejarse encantar por causas de antemano perdidas es que la ilusión se hace, se pierde o se recupera, sin mucho esfuerzo. Así, he recobrado el ánimo, y por poco la sonrisa, leyendo a Kant. Me divertí al sentirme aludida en esta parte: "los escépticos, especie de nómadas que aborrecen todo asentamiento duradero, destruían de vez en cuando la unión social. Afortunadamente, su número era reducido".
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