En mi perfil de Blogger aparece entre mis intereses, en primer lugar, el escepticismo moderno. Y en esa categoría coloco, principalmente, la obra escrita de David Hume, Leon Battista Alberti, Michelangelo Buonarroti, Michel de Montaigne, Francisco Sánchez y Samuel Richardson; un poco de Miguel de Cervantes y otro tanto de William Shakespeare. Me encantan, un poco por segundones, un poco por serios. Se trata de un gremio de puros feos. Sitúan, sin más, sus discursos desde la inseguridad de lo no sabido, pero no caen en extremos posmodernos o nihilistas; sus vagabundeos no son particulares, sino singulares. Nos hacen el favor de recordar que somos unos miserables y patéticos y que no es tan malo, que es así y hay que asumirlo para sufrir un poco menos. Y lo hacen tan bien que la posteridad mira de soslayo sus escritos o los digiere como literatura y nada más.
(Hume merece un mejor elogio, una descripción más puntual y mención aparte, en otra ocasión será.)
Todo lo anterior para decir que hace tiempo leí en la bitácora de un amigo muy querido que cierta idea de Montaigne le parecía bastante estúpida. Pero no he logrado saber a qué se refiere. Hoy me decidí a preguntar. Por el contexto parecía que se refería al hecho de escribir para no ser leído; pero esta idea no es de Montaigne. Él escribió los Essais para su parentela y a los demás nos despachó desde la primera página. Leo y trato de encontrarle alguna idea estúpida a Montaigne... ¡nada! Todo lo que dice me parece de sentido común. No es brillante, ciertamente. Nunca se arriesga demasiado y así consigue que todo lo que escribe sea sincero. Una vez que se asume la invariable inseguridad, un "Yo me abstengo" es a lo que se atiene (¡qué palabra tan exacta!), por eso queda bien de epitafio.
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