martes, 10 de noviembre de 2015

Por decir lo menos

Hoy me he reunido con alguien a quien no veía desde hace un par de años. Le escribí hace unos meses y recibí una respuesta deliberadamente vaga. Yo sé de respuestas deliberadamente vagas porque recurro a ellas con más frecuencia de la que yo misma quisiera; bien me sé que son un "no me da la gana de articular una respuesta precisa o siquiera coherente". Entonces no quise averiguar más. Me cuenta que no lo ha pasado bien. Pero parece dispuesta a la restauración y eso me deja satisfecha.

El semestre se agota y, con prudencia y disciplina, debería organizar mi tiempo y mis lecturas. Si a partir de ahora escribiera una cuartilla al día, podría concluir tranquilamente por lo menos uno de mis cursos. 

La pugna entre mi ñoñez y mi desidia es inagotable. Ayer terminé de escribir un ensayo de camino a la Universidad. No creáis que no me da vergüenza hacer esas cosas. Terminé in media res. La introducción y la conclusión las había escrito la madrugada del mismo lunes. Cuando escribo de prisa no puedo mantener el tono formal y me permito escribir mucha trivialidad. Apenas deposité mi ensayo en las manos de mi Prof., recordé que había entrecomillado "erótica" en la frase: "poesía erótica, por decir lo menos". El contexto era una referencia a la libertad temática del modernismo y yo decía que una de las cumbres de esa libertad fue, en México, Salvador Díaz Mirón con su poesía "erótica", por decir lo menos. Qué risa. Todo eso para no escribir "pornográfica".

Improvisaciones como la de ayer me dejan resaca moral. Y yo soy de las personas que dan lo mejor de sí mismas en la resaca (estoy citando a alguien, pero no recuerdo a quién). Así que hoy me levanté más temprano de lo normal y me refugié en la biblioteca. Revisaba con mucho empeño El condenado por desconfiado cuando un súbito espanto me invadió. Había dejado escapar la oportunidad de citar en mi precario ensayo aquel: “Nuestro tiempo, devoto de la ignorante superstición de la originalidad” que dice Borges en el "Prólogo" a su Antología poética de Quevedo. Quedé triste y sin ánimo para hacer nada más. En el estacionamiento me encontré con esto, "dulce mariposa invisible...". Y me reconcilié con Darío y los modernistas todos, con su pornografía y su mitomanía y también conmigo misma.



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Los puntos sobre las íes



Dog days are over en el ruido de fondo. Hoy he claudicado. El viaje de regreso a casa me agotó y hacia las dos de la tarde, mientras trataba de estudiar las figuras retóricas de La dama boba, me quedé dormida. Cuando desperté, faltaba poco menos de una hora para mi clase y me sentía más cansada que antes de dormirme. Consideré beber un poco de café o una versión vicaria. Yo no creo que un cappuccino sea, en sentido estricto, café. El americano llega a ser café dependiendo de la calidad del grano, del tipo de molido... Trataba de engañarme con un chabacano deslinde del ser y la esencia del café hasta que decidí que si iba a ceder, debía valer la pena. Sobre todo, debía ser eficaz y rehabilitarme para mi clase. Abrí la alacena, saqué mi pequeño costal de márago y empecé el ritual. ¡Del atormentado de Pavese ni me acordé! No me siento tan culpable. En diez minutos estaba lista para mi clase. Me gusta mucho dar clases.

No había trabajado con niños desde mi época de servicio social, cuando me divertía horrores y descubrí, con ayuda de Lydia, mi talento para las manualidades escolares. Solía compartir mis dificultades con mis amigos de la Facultad. El asunto más largo de resolver fue con alguien que no podía distinguir entre pqb y d. Pero lo más dramático, para mí, fue una niña que confundía la l con la i y la que le hice notar "los puntos sobre las íes". Dulce me preguntó alarmada,"¿y qué tal si no sabe lo que es un punto?" Y yo, doblemente alarmada, pensé para mí: "Seguro que mi pequeña alumna no conoce la noción bergsoniana de punto, ni la definición euclidiana (¡tan complicada y abstracta si se mira bien!)". No pude dormir esa noche. Pero al día siguiente mi alumna distinguía la i de la l y sabía que la primera era vocal y la segunda consonante. Y yo, ese día, no precisaba de nada más para ser feliz.

© Todo en el fragmento
Maira Gall