Los días nublados y fríos me alegran. Tengo la impresión de que a la mayoría de la gente le ocurre lo contrario. He pensado si existirá una razón para que estos días me gusten tanto. Sospecho que los asocio a cierto recuerdo gratísimo, pero no he podido ubicarlo. Al contrario, sólo me vienen a las mientes experiencias tristes asociadas con estos días. Y no, nunca he sabido por qué me gustan estos días...
Hace unas semanas me cayó una tormenta en San Ángel. Tenía que ir a la librería y fui. Me sorprendí al notar que todos siguen con su vida. Hacía mucho que no tenía una experiencia de la lluvia distinta a verla desde la ventana de mi habitación. El tráfico sigue de espanto. La gente que pide dinero en las esquinas, se cubre con un trozo de plástico y sigue en lo suyo. La lluvia ya no cambia nada especial en esta ciudad. Creo que ni siquiera se vende más café. Pensé en Goethe.
Y no nos queda más que agarrar fuertemente las riendas
y apartar las ruedas a izquierda y derecha
de esta piedra o de aquella caída.
¿Quién sabe a dónde vamos
si a duras penas recuerda nadie de dónde viene?
Ya es 22 agosto y empiezo a preocuparme realmente por las cosas que empecé hace mucho y que no he podido terminar. Y me irrita que mi preocupación no se haga eficiente. Me enfada mi pereza, me enfada y siento, de nuevo, pereza como para luchar en su contra.

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